—El cariño que siempre os he profesado y os profeso todavía, me induce á daros este consejo; y podeis creer que lo considero excelente, cuando yo mismo lo he adoptado. Por fortuna mia he conocido que Jesucristo es el verdadero Dios, y Mahoma un insensato; y siendo así, me complacería en extremo veros, merced á mis esfuerzos, en el camino que yo sigo, que es el de la salvacion, y con vos á todos cuantos amo. En esto consiste vuestro bien; la mejor determinacion que podeis tomar es esta, pues cualquiera otra que adopteis no os valdrá tanto, y menos que todas la de combatir con el hijo de Milon; porque la utilidad de la victoria no podrá compararse con las desgracias que serán consecuencia de una probable derrota. Si salís vencedores, vuestras ventajas serán muy limitadas; al paso que si salís vencidos, os exponeis á sufrir mayores pérdidas. Aun cuando mateis á Orlando y á los dos que hemos venido á vencer ó morir con él, no creo que por esto logreis recobrar los dominios perdidos. Tampoco debeis esperar que nuestra muerte varíe el aspecto de las cosas; pues á pesar de ella, Cárlos no carecerá de guerreros que sepan defender hasta la última torre del país conquistado.
Así decia Brandimarte, y se manifestaba dispuesto á añadir otras razones no menos poderosas, cuando le interrumpió el pagano, diciéndole con voz airada y altivo rostro:
—En verdad que es temeridad ó locura la tuya y la de todo el que se permita dar buenos ó malos consejos á quien ni los pide ni los necesita. Hablando ingénuamente, debo decirte, que no sé cómo podré persuadirme de que el consejo que me das proceda del cariño que me has tenido y me tienes todavía, cuando te veo aquí en compañía de Orlando. Antes bien creeré que eres presa de aquel dragon que devora las almas y desea arrastrar contigo al mundo entero á la infernal mansion del dolor eterno. Dios, en sus altos juicios, tiene ya determinado concederme la victoria ó hacerme sufrir la derrota; reponerme en el trono de mis antepasados ó condenarme á vivir desposeido de él; pero ni á tí, ni á mí, ni á Orlando nos es dado prever lo que sobrevendrá. Suceda lo que quiera, no podrá obligarme el liviano temor á cometer una accion indigna de mi elevada alcurnia, y aun cuando estuviera seguro de morir, prefiero perder la vida antes que deshonrar mi sangre. Puedes ya retirarte, y si mañana no te muestras más experto en el manejo de las armas de lo que hoy me lo has parecido como orador, pobre compañía será la de Orlando!
Agramante pronunció estas últimas palabras con reconcentrada y sarcástica ira. Separáronse en seguida, y se entregaron al descanso hasta que el nuevo Sol salió de entre las olas. Apenas habia despuntado la aurora, cuando en un momento estuvieron todos cubiertos con sus armas y montados á caballo. Cambiaron entre sí muy escasas palabras, y sin ninguna dilacion, sin que precediera el menor intervalo, enristraron las lanzas para acometerse.
Pero me pareceria, Señor, cometer una falta imperdonable, si, por querer ocuparme exclusivamente de ellos, dejara á Rugiero tan abandonado en el mar, que al fin se ahogase. El esforzado jóven iba, segun os dije, empujando con piés y brazos las horribles olas. El viento y la tempestad se agitaban amenazadores en torno suyo, pero su propia conciencia le agitaba mucho más. Le aterraba la justa venganza de Jesucristo; pues como se habia cuidado tan poco de recibir el bautismo en las aguas puras y cristalinas del templo, cuando dispuso del tiempo necesario, temia á la sazon encontrarlo en aquellas aguas amargas y salobres. Entonces recordaba las promesas que tantas veces hizo á su amada, y el juramento que pronunció antes de empezar su combate contra Reinaldo, todo lo cual habia dejado sin cumplimiento. Arrepentido de sus culpas y lleno de remordimientos, rogó al Señor varias veces que no le hiciera sufrir allí el merecido castigo, ofreciéndole de todo corazon abrazar el cristianismo si fijaba en tierra su planta, y no volver á esgrimir espada ni lanza contra los fieles en favor de los moros, sino que regresaria presuroso á Francia y prestaria homenaje á Carlomagno, cumpliendo además los ofrecimientos hechos á Bradamante, y llegando cuanto antes al término honesto de sus amores.
Apenas hubo andado cien pasos cuando vió á un hermitaño.
(Canto XLI.)
Apenas pronunció este voto, sintió como por milagro que se acrecentaban sus fuerzas, al paso que decrecian las del viento. Al par de la fuerza renació su abatido ánimo: continuó azotando y hendiendo las olas, que se sucedian unas á otras sin intermision, y tan pronto le elevaban á considerable altura, como le hacian adelantar con su violento empuje. A fuerza de elevarse y descender alternativamente, y despues de mucha fatiga, logró por último tocar la playa, y salió, empapado en agua, á aquella parte del islote que se metia en el mar con inclinacion más pronunciada. Todos los demás tripulantes del buque náufrago, vencidos por la fuerza incontrastable de las olas, quedaron al fin sepultados en ellas: Rugiero fué el único que se salvó en el solitario escollo, merced á la bondad divina.
A los pocos momentos de encontrarse en aquel monte inculto y salvaje al abrigo de los embates del mar, apoderóse de su alma un nuevo recelo, producido por el temor de verse aislado en tan reducidos límites y expuesto á perecer de hambre; sin embargo, se sobrepuso á aquel temor, indigno de su corazon indomable, y dispuesto siempre á sufrir cuanto el Cielo tenia prescrito, dirigió su intrépida planta por aquellas duras peñas, subiendo en derechura hácia la cumbre del monte. Apenas hubo andado cien pasos, cuando vió un hombre agobiado por la edad y la abstinencia, que por su traje y su aspecto parecia un eremita digno de respeto y veneracion. El anciano, al ver junto á sí á Rugiero, exclamó, repitiendo las palabras que el Señor dijo á San Pablo cuando le hirió con aquel golpe saludable: