—¡Saulo, Saulo! ¿por qué persigues mi fé?—Creiste pasar el mar sin pagar flete, defraudando las esperanzas de los otros: ya ves que Dios, cuya mano es muy larga, te ha alcanzado en el momento en que creias estar más lejos de él.
Y continuó hablando en estos términos el santo eremita, el cual habia tenido la noche anterior una vision, en que Dios le reveló que Rugiero se salvaria en el escollo con su ayuda, haciéndole sabedor tambien de la vida pasada y futura del jóven héroe, de la muerte funesta que le estaba reservada, y el destino de todos sus descendientes. El ermitaño estuvo algun tiempo reprendiendo severamente á Rugiero, pero despues le dirigió palabras consoladoras. Le reprendia porque habia ido difiriendo el momento de poner su cuello bajo el suave yugo de himeneo, y porque, habiendo descuidado lo que debia hacer mientras era dueño de su albedrío y Cristo le atraia suplicante hácia sí, lo habia hecho despues de un modo menos meritorio, y solo cuando le vió venir amenazándole con su terrible azote. Le consoló despues, asegurándole que Cristo concede la gloria, tarde ó temprano, al que se la pide humilde; y le citó la parábola de los obreros del Evangelio que recibieron todos igual recompensa[154].
Mientras se encaminaban á la celda del ermitaño, que estaba abierta en el corazon de la roca, aquel santo varon fué iniciando á Rugiero, con caridad y con ferviente celo, en los preceptos de nuestra Santa Fé. Sobre la roca en que existia la celda, descollaba una pequeña capilla, bastante cómoda y bella, que miraba hácia el Oriente. Al pié de la capilla se veia un bosque, que iba á parar en descenso hasta la playa, y estaba poblado de laureles, enebros, mirtos y palmeras fructíferas y fecundas, regados siempre por una fuente cristalina, cuyas aguas caian murmurando desde la cumbre de la roca. Cerca de cuarenta años hacia que el ermitaño habitaba en aquel escollo, que le habia designado el Salvador como el lugar más á propósito para dedicarse á la vida contemplativa. Durante tanto tiempo su alimento consistió en las frutas que cogia de una ú otra planta y en agua pura; así es que frisaba en los ochenta años sin haber perdido su fuerza y su energía y exento de todo achaque.
Cuando entraron en la celda, se apresuró el anciano á encender un buen fuego, y puso en la mesa algunos frutos que Rugiero aceptó de muy buen grado, despues de secar su ropa y sus cabellos. Fué aprendiendo despues con más despacio todos los grandes misterios de nuestra Fé, y al dia siguiente le bautizó el santo anacoreta con las aguas puras del manantial.
Rugiero se encontraba todo lo contento que era posible en aquella morada solitaria, y mucho más despues de haberle prometido el anciano que le enviaria de allí á pocos dias adonde tanto deseaba volver. Entre tanto pasaba agradables ratos hablando frecuentemente con el ermitaño, ora del reino de los cielos, ora de los asuntos que con él tenian relacion, y ora de su posteridad. El Señor, que lo sabe y lo ve todo, habia revelado al santísimo eremita que Rugiero pereceria siete años despues de haberse convertido á la fé cristiana; pues á consecuencia de la muerte que Bradamante dió á Pinabel y que se atribuyó á Rugiero, y á causa tambien de la de Bertolagio, le asesinarian los impíos maguntinos, quedando tan oculto este crímen, que no llegaria á noticia de nadie, porque sus matadores tendrian cuidado de enterrarle en el mismo sitio del asesinato. Por esta causa no podrá ser vengado, hasta transcurrido mucho tiempo, por su hermana y por su esposa, la cual, á pesar de hallarse en cinta, le irá buscando por diferentes países. Bradamante dará á luz un hijo en los bosques inmediatos al frigio Ateste, entre el Adige y el Brenta, al pié de aquellos collados que le parecieron al troyano Antenor tan amenos con sus minas sulfurosas, sus rios transparentes, sus campos plácidos y sus deliciosas praderas, que dejó por ellos voluntariamente el elevado Ida[155], el suspirado Ascanio[156] y el querido Xanto[157]. El hijo de Bradamante, llamado tambien Rugiero, crecerá adornado de belleza y de valor, y reconocido por aquellos pueblos troyanos como descendiente de su propia raza, le elegirán por su jefe. Jóven aun, prestará á Cárlos su apoyo y sus útiles servicios en la guerra contra los lombardos, y en recompensa obtendrá á justo título el dominio de aquel país que para él será erigido en marquesado, y como Cárlos le dirá en latin:—Este señores aquí[158]—cuando le haga tal merced, aquella hermosa comarca tomará con propicio augurio el nombre de Este en el futuro siglo, perdiendo por consiguiente sus dos primeras letras el nombre de Ateste que antiguamente llevara.
El Señor predijo tambien á su siervo los efectos de la terrible venganza que sufririan los asesinos de Rugiero, el cual se apareceria en sueños á su fiel consorte poco antes de despuntar el dia, para indicarle el nombre de sus matadores, y mostrarle el sitio en que se hallará sepultado, y entonces Bradamante y su cuñada destruirán á sangre y fuego la ciudad de Poitiers. Su hijo Rugiero castigará tambien á los maguntinos en cuanto llegue á la pubertad. El Eterno habia hablado además al ermitaño de los Azzos, de los Albertos, de los Obizzos y de su ilustre descendencia, así como de Nicolás, Leonelo, Borso, Hércules, Alfonso, Hipólito é Isabel. Pero el santo anciano, que no podia decir cuanto sabia, refirió á Rugiero lo que creyó oportuno, guardando silencio sobre lo que no juzgó conveniente participarle.
Mientras tanto Orlando, Brandimarte y el marqués Olivero se precipitaban lanza en ristre contra el sarraceno Marte (que de tal modo se podia llamar á Gradasso) y contra los reyes Agramante y Sobrino, que á su vez corrian rápidamente á su encuentro, resonando la playa y el mar vecino con el estrépito producido por su carrera. Al primer encuentro, las lanzas volaron hasta las nubes hechas astitillas; el estruendo ocasionado por este choque hizo que el mar se hinchara, y que resonaran sus ecos hasta en las costas de Francia. Orlando dirigió su acometida contra Gradasso; por su valor eran dignos el uno del otro, pero el segundo pareció más resuelto y aguerrido, merced á la ventaja que le proporcionaba la posesion de Bayardo. El intrépido corcel chocó tan vigorosamente contra el caballo de Orlando, cuya resistencia era menor, que le hizo oscilar á uno y otro lado, y al fin cayó en el suelo cuan largo era. Orlando se esforzó tres ó cuatro veces en levantarle, castigándole con el acicate y con la mano; pero viendo la inutilidad de sus esfuerzos, se apeó, embrazó el escudo y desenvainó á Balisarda.
Olivero y el Rey de África se embistieron, sin que de su encuentro resultase ventaja para ninguno de ambos. Brandimarte derribó á Sobrino del caballo, no pudiéndose averiguar si la culpa habia sido del ginete ó del caballo, pues Sobrino no solia caer tan fácilmente; pero ya tuviese la culpa el caballo, ya el ginete, el caso es que el sarraceno quedó debajo de su corcel. Al ver Brandimarte á su contrario en el suelo, no quiso renovar el ataque, sino que se lanzó contra Gradasso que acababa de dejar desmontado á Orlando.
La lucha entre el Marqués y Agramante continuaba como al principio: despues de haber roto sus lanzas contra los escudos, se acometieron espada en mano. Orlando, que no veia á Gradasso dispuesto á embestirle de nuevo, porque Brandimarte se lo impedia estrechándole y no concediéndole un momento de reposo, volvió la vista y vió á Sobrino, que estaba, como él, á pié y sin tener con quien luchar. Corrió á su encuentro, y al precipitarse sobre él, hasta el mismo Cielo se asustó de su terrible aspecto. Viéndose Sobrino atacado por un campeon tan formidable, empuñó con más fuerza las armas para resistir su acometida, y así como el nauta, contra el que se dirigen mugiendo las amenazadoras olas, presenta la proa á sus embates, y al ver cómo se hincha el mar, quisiera encontrarse en la tierra, del mismo modo opuso Sobrino su escudo á los desastrosos golpes de la espada de Falerina; pero era tan fino el temple de aquella Balisarda, que no habia armadura que le resistiera, y mucho menos estando manejada por un guerrero tan valeroso como Orlando, único en el mundo por su pujanza y denuedo. Aquel tajo atravesó el escudo, sin que de nada le sirviera estar reforzado por un círculo de acero: lo atravesó de parte á parte, y alcanzó el hombro de Sobrino, resguardado por una doble chapa de hierro y la cota de malla, á pesar de lo cual penetró en la carne causándole una profunda herida. Revolvióse colérico el sarraceno, pero en vano procuraba herir á Orlando, á quien el supremo Motor del cielo y de los astros habia concedido la gracia de la invulnerabilidad. El valeroso Conde descargó un nuevo tajo sobre su contrario, con intencion de separarle la cabeza del cuerpo: conociendo ya Sobrino el vigor del de Claramonte, y lo inútil que era parar sus golpes con el escudo, se hizo atrás, pero no lo suficiente para evitar que Balisarda le alcanzara en la frente. El golpe cayó de plano, pero fué tan tremendo, que le abolló el casco, le atronó la cabeza, y le hizo caer sin sentido en tierra, pasando mucho rato antes de que pudiera levantarse.
Creyendo el Paladin haber terminado la lucha con él, ó suponiendo que yacia muerto, corrió á atacar á Gradasso para impedir que hiciera sucumbir á Brandimarte; porque el pagano le aventajaba en armas, en espada, en caballo, y quizá tambien en pujanza. Montado el audaz Brandimarte en Frontino, aquel excelente corcel que perteneció á Rugiero, se portaba tan bien en su lucha con Gradasso, que no se advertia gran desventaja por su parte, y aun tal vez llevara lo mejor de la pelea si hubiese poseido una coraza tan bien templada como la del pagano; mas no siendo así, le era forzoso esquivar los golpes de su adversario, haciéndose á uno ú otro lado. No ha existido otro caballo que comprendiera mejor que Frontino los movimientos de su ginete: cual si estuviera dotado de inteligencia, sabia inclinarse á la derecha ó á la izquierda para evitar los tajos de Durindana. Agramante y Olivero continuaban por su parte luchando con encarnizamiento, demostrando que eran dos guerreros igualmente ejercitados en el manejo de las armas y poco diferentes en cuanto á vigor.