Orlando habia dejado, segun he dicho antes, á Sobrino tendido en el suelo, y deseando socorrer á Brandimarte en su combate parcial con el rey Gradasso, se adelantaba á pié y con la celeridad posible, cuando, próximo ya á acometer al pagano, vió vagar libremente por el campo el caballo de que fué derribado Sobrino, y deseando servirse de él, corrió á sujetarle. Lo consiguió sin dificultad; de un salto se acomodó en la silla, y sosteniendo la espada con una mano, cogió con la otra las lujosas riendas de aquel corcel. Gradasso vió la actitud de Orlando, y desafiando su furor, le llamó por su nombre, haciendo alarde de vencer por sí solo al Paladin, á Brandimarte y á su compañero. Dejando á Brandimarte, volvióse hácia el Conde, y le tiró una estocada que atravesó la armadura hasta tropezar en la carne, á tiempo que Orlando le descargaba un tremendo mandoble con su Balisarda; y como donde esta caia eran inútiles todos los encantos, bajó hendiendo el yelmo, el escudo, la coraza, el arnés, y todo cuanto halló á su paso, dejando herido al Rey de Sericania en el rostro, en el pecho y en el muslo, lo cual no le habia sucedido nunca desde que llevaba aquella armadura: por lo mismo le causó extrañeza, y sobre todo despecho y sobresalto, que aquella espada cortase de tal modo, á pesar de no ser su Durindana: si Orlando se hubiese hallado más cerca de su enemigo, era más que seguro que le habria hendido desde el cráneo hasta el vientre. Gradasso comprendió por semejante prueba, que no debia tener ya tanta confianza en la bondad de su armadura; así es que en adelante procedió con más prudencia y cautela de lo que solia, y estuvo más atento á parar los golpes. Brandimarte, á quien la intervencion de Orlando habia dejado sin adversario con quien combatir, se puso en medio de la liza para acudir en auxilio del que lo necesitara.
Hallándose en tal estado la batalla, el rey Sobrino volvió en sí y se levantó del suelo, donde habia permanecido hasta entonces, á pesar del fuerte dolor que sufria en la cara y en el hombro. Tendió la vista en todas direcciones, y observando el combate de su Señor, se dirigió hácia él con objeto de ayudarle; pero tan cautelosamente, que nadie lo notó. Colocóse detrás de Olivero, que tenia los ojos fijos en el rey Agramante sin cuidarse de otra cosa, y de una terrible cuchillada le desjarretó el caballo, que cayó en tierra instantáneamente. Olivero cayó tambien, y como aquel ataque habia sido tan imprevisto, se quedó con el pié izquierdo metido en el estribo y debajo del caballo, de suerte que eran inútiles cuantos esfuerzos hacia para levantarse. Sobrino le descargó otra cuchillada de través, creyendo cortarle la cabeza; pero el acero quedó embotado en el yelmo terso y brillante, fabricado por Vulcano, que Héctor usó en otro tiempo.
Brandimarte vió el peligro que corria su compañero, y se lanzó á toda brida sobre el sarraceno, descargándole en la cabeza un mandoble que le hizo medir el suelo; pero el animoso anciano se levantó con prontitud, y volvió á acometer á Olivero con intencion de abrirle el camino de la otra vida ó de no permitirle al menos que se levantara. El campeon cristiano, que tenia expedito el mejor brazo y podia por lo tanto defenderse con su espada, la empezó á esgrimir con tal rapidez, que obligó á Sobrino á mantenerse á una respetuosa distancia: Olivero esperaba salir pronto de situacion tan embarazosa, si conseguia tener á raya un breve espacio á su enemigo, pues le veia tan empapado en sangre, y era tanta la que seguia derramando, que á su parecer pronto debia sucumbir, siendo tal su debilidad que apenas le permitia tenerse de pié. Olivero continuaba entre tanto haciendo los mayores esfuerzos para levantarse, pero su caballo permanecia inmóvil.
En el ínterin Brandimarte habia acometido al rey Agramante, cayendo sobre él como una furiosa tempestad: montado en aquel Frontino, que giraba como un torno, tan pronto le atacaba por delante, como por los lados. Si bueno era el caballo del hijo de Monodante, no era peor el del rey del Mediodia, que cabalgaba en Brida-de-oro, el soberbio corcel que le regalara Rugiero despues de habérselo conquistado al arrogante Mandricardo. La armadura de Agramante, buena y perfecta á toda prueba, era de un temple superior á la que Brandimarte cogió al acaso y tan precipitadamente como lo exigia la perentoriedad del tiempo, confiando en su esfuerzo para trocarla pronto por otra mejor, aun cuando el Rey africano le habia teñido en sangre el hombro derecho con una penetrante cuchillada, despues de tener otra herida de alguna consideracion en el costado, causada por la espada de Gradasso. El amante de Flor-de-lis espió con tal cuidado los movimientos de su enemigo, que al fin halló modo de descargarle un tajo, que destrozándole el escudo, penetró en el brazo derecho, y le ocasionó una lijera herida en la mano; pero todo esto no era más que un juego ó un pasatiempo en comparacion de la lucha espantosa que sostenian Orlando y el rey Gradasso.
Este último habia casi desarmado al Paladin, cuyo casco estaba roto por la cimera y los lados; el escudo hecho pedazos en la pradera; la coraza y las mallas abiertas en muchos sitios; pero como era invulnerable, no habia podido herirle. Sin embargo, el estado á que Orlando tenia reducido á Gradasso era mucho peor; porque además de la primera herida, le habia inferido otras en el rostro, en el cuello y en medio del pecho. Desesperado el sarraceno al ver correr su sangre, mientras Orlando se conservaba incólume á pesar de tantos golpes, empuñó su espada con ambas manos, con el firme propósito de abrirle la cabeza, el pecho, el vientre y todo el cuerpo: cayó el acero tan de lleno y con tal furia sobre la frente del valiente Conde, que cualquier otro que no fuera Orlando habria quedado hendido de arriba á abajo; pero la espada volvió á levantarse tan luciente y tersa como si aquel golpe hubiera sido dado de plano. El Paladin quedó aturdido con la violencia del golpe, que le hizo ver mil estrellas en el suelo: soltó la brida, y habria soltado tambien la espada, á no tenerla sujeta á la muñeca por una cadenilla. Asustado el caballo que montaba Orlando con el estrépito de aquel golpe, echó á correr por la arenosa playa dando á conocer la velocidad de sus piernas, y sin que el Conde, privado todavía de sentido, pudiera refrenarle. Persiguióle Gradasso, y le habria alcanzado fácilmente á poco más que hubiese excitado á Bayardo, cuando al volver la vista, vió en la situacion más apurada á Agramante, á quien el hijo de Monodante tenia sujeto con la mano izquierda, y despues de haberle desatado el casco, procuraba introducirle un puñal por la garganta: el monarca africano no podia oponerle resistencia alguna, por haber perdido su espada.
Dejando Gradasso la persecucion de Orlando, voló en auxilio de Agramante, y mientras el incauto Brandimarte, no creyendo que el Paladin dejara escapar al Rey de Sericania, estaba muy ajeno de que le atacara, y atendia únicamente á degollar á Agramante, llegó Gradasso, y empuñando su espada con ambas manos, descargó con toda su fuerza un descomunal fendiente sobre el yelmo del descuidado Brandimarte. ¡Oh Padre celestial! ¡Dígnate conceder un lugar entre tus elegidos á ese mártir de tu fé, que al llegar al término de su viaje borrascoso, recoge sus velas para siempre en el puerto! ¡Ah Durindana! ¿Has podido mostrarte tan cruel para con tu señor Orlando, que no tuviste reparo en inmolar ante sus mismos ojos al compañero más leal y más querido que tenia en el mundo? El círculo de hierro y de dos dedos de espesor que ceñia el yelmo quedó roto y partido por tan vigorosa cuchillada: igual suerte tuvo la cofia de acero que debajo de él estaba, y Brandimarte, con rostro pálido y desencajado, cayó al suelo de espaldas, regando la arena con el ancho raudal de sangre que se escapaba de su herida.
Al recobrar el Conde el sentido, volvió los ojos y vió á su Brandimarte en el suelo y á Gradasso sobre él, en actitud que indicaba claramente que habia sido su matador.
Ignoro si pudo más en Orlando el dolor ó la ira, pero como no tenia tiempo para lamentarse, devoró su afliccion y dió rienda suelta á su inmensa cólera.
Mas tiempo es ya de terminar este canto.