CANTO XLII.
Orlando alcanza la victoria.—Bradamante y Reinaldo se lamentan amargamente, la una por la ausencia de Rugiero, y por la de Angélica el otro.—Decídese Reinaldo á ir en busca de su amada, y encuentra en el camino al Desden que le protege.—A consecuencia de este encuentro, se dirige hácia Italia, donde le acoge placenteramente un caballero.
¿Qué duro freno, qué férreo nudo ó qué cadena de diamante, si forjarse pudiera, será bastante á contener la impetuosidad de tu cólera, de modo que su explosion no traspase los límites fijados de antemano, cuando veas á la persona por quien más cariño ó amistad siente tu corazon constante, expuesta á la deshonra ó á la muerte por efecto de la violencia ó de la perfidia? Si una justa indignacion inclina entonces tu ánimo á la crueldad y á la venganza, merece excusa, en este caso, porque la razon no ejerce imperio alguno en el pecho. Al ver Aquiles que Patroclo, llevando un falso almete, enrojecia el campo con su sangre, no se satisfizo con dar muerte á su matador, sino que llevó su venganza hasta el extremo de arrastrarle y hacerle pedazos[159].
Un furor parecido inflamó, invicto Alfonso, á vuestros soldados el dia en que os hirió una piedra en la frente, y al veros tan mal parado, creyeron que habíais exhalado el último aliento: fué tal el arrebato de su cólera, que ni las murallas, ni los fosos, ni los parapetos pudieron librar de ella á vuestros enemigos, todos los cuales perecieron á sus manos, en términos de no quedar uno solo para anunciar la derrota[160]. Caísteis herido, y vuestra caida fué causa del dolor que movió á los vuestros al furor y á la crueldad; si hubiérais permanecido á su frente, tal vez habrian refrenado su rencorosa saña. Bastaba á vuestra gloria haber recobrado la Bastia en menos horas que dias necesitaron para arrebatárosla las tropas cordobesas y granadinas; pero quizás la venganza divina permitió que en aquella ocasion os halláseis herido, á fin de que no pudiérais oponeros al castigo de los criminales y depravados escesos que aquellas tropas habian cometido poco tiempo antes, cuando el desventurado Vestidel, herido, casi exánime y desarmado, se entregó despues de vencido en manos de aquellos soldados, moriscos en su mayor parte, los cuales le dieron una muerte cruel, atravesándole con más de cien espadas. En resúmen, diré que no hay ira semejante á la que uno siente al presenciar un ultraje inferido á su señor, á su pariente, á su constante compañero. Por esta razon es justo y natural que Orlando sintiera su corazon poseido por una repentina cólera, al ver á su querido amigo Brandimarte tendido en el suelo sin vida á consecuencia de la horrible cuchillada que le descargara el rey Gradasso.
Así como un pastor trashumante blande colérico y rabioso su cayado contra la fugitiva y hórrida serpiente que le acaba de matar con sus dientes ponzoñosos al hijo que jugueteaba por la arena, del mismo modo blandió el señor de Anglante su cortadora espada, más temible que otra alguna: el primero que encontró al alcance de su brazo fué el rey Agramante, que ensangrentado, sin espada, con el escudo hecho pedazos, desatado el yelmo y lleno de heridas, se habia librado de las manos de Brandimarte, como se libra de las garras del azor el gavilan medio muerto, despues de haber dejado, envidioso ó atontado, la cola en poder de su enemigo. Atacóle Orlando, descargándole una cuchillada en el sitio en que la cabeza se une al cuerpo; y como el yelmo estaba desatado é indefenso el cuello, se lo cortó á cercen como si hubiera sido un endeble junco. El pesado tronco del monarca africano cayó, y fué á dar en la arena su última sacudida, mientras que su alma pasó á las cenagosas aguas del Infierno, donde la recogió Caronte con un garfio, pasándola á su barca.
Orlando se precipitó en seguida sobre el Sericanio, blandiendo su Balisarda, sin cuidarse más de Agramante. Cuando Gradasso vió caer al Rey de África con la cabeza separada del tronco, sintió lo que no habia sentido hasta entonces: tembló su corazon y palideció su rostro. Dominado por un triste presentimiento, se creyó ya vencido, al ver venir hácia él al caballero de Anglante; y aun no habia podido apercibirse á la defensa, cuando cayó sobre él el golpe mortal. Orlando le hirió en el costado derecho por debajo de la última costilla; y el acero, despues de atravesar las entrañas, salió más de un palmo por el costado izquierdo, teñido en sangre hasta la misma empuñadura, y demostrando claramente que la mano del guerrero más valeroso y audaz del universo habia dirigido la estocada que arrancó la vida al más fuerte y decidido de todos los paganos.
Poco satisfecho el Paladin con tal victoria, saltó rápidamente del caballo, y con el rostro turbado y lloroso, acudió con prontitud adonde yacia Brandimarte. La tierra estaba inundada de sangre en torno suyo; el yelmo, que parecia abierto de un hachazo, tal vez le habria defendido lo mismo si hubiese sido más quebradizo que una corteza. Orlando se apresuró á quitar el casco á Brandimarte, y vió con horror que este tenia la cabeza partida desde el cráneo hasta la boca entre una y otra ceja: sin embargo, conservaba aun bastante aliento para pedir hasta el último instante al Rey del Paraiso la remision de sus pecados; para aconsejar al Conde, cuyas mejillas surcaba el llanto, que tuviera paciencia, y para decirle:
—Orlando, tenme presente en tus oraciones, tan agradables á Dios; te recomiendo tambien á mi Flor de...
No pudo concluir de pronunciar aquel nombre y expiró. Al mismo momento se oyeron sonar en el espacio las gratas voces y armoniosos cantos de los ángeles que recogian su alma, la cual, desligada de su corpóreo velo, subió á las regiones celestiales entre dulcísimas melodias. Aunque Orlando debia manifestarse contento por tan devoto fin, y estaba seguro de que Brandimarte habia volado á más feliz morada, puesto que vió el Cielo abierto para él, sin embargo, su condicion humana, frágil por naturaleza, no le permitió contemplar, sin llanto en los ojos, la pérdida del jóven guerrero, á quien queria más que á un hermano.