No es que Lope haya sacado de su cabeza la forma del teatro español: nadie, ni aun un genio de su alcurnia, inventa completamente cosa alguna. Prescindiendo de otros precursores menos calificados, el nombre del sevillano Juan de la Cueva debe ser siempre recordado como predecesor inmediato de Lope. Lo es en haber aprovechado temas nacionales como asunto de sus comedias (hasta en La muerte del rey Don Sancho introduce un romance popular); lo es en no haber respetado las reglas que la interpretación que el Renacimiento había dado a la estética dramática de Aristóteles imponía como imprescindibles en la composición de toda obra teatral. Pero Cueva, que en su Ejemplar poético fué el primer escritor crítico que defendió el naciente teatro español de los ataques de los clasicistas, no era un poeta de genio: sus obras son superiores como idea a como realización, y con sus limitadas fuerzas creadoras nunca habría llegado a imponer sus doctrinas estéticas. Era necesario que entrara el monstruo de naturaleza y se alzara con la monarquía cómica, que avasallara y pusiera debajo de su juridición a todos los farsantes, y llenara el mundo de comedias, en que relumbran los dones preciosísimos de su genio, para que quedara fundado el teatro español.
Ahora bien, ¿qué opinaba el Lope de Vega, poeta erudito, que aspiraba a igualar la gloria de los más altos poetas clásicos, de la obra que atropelladamente iba creando el otro Lope de Vega, poeta popular? Como observa el señor Menéndez Pidal en el dicho libro, es curioso que mientras Juan de la Cueva, convencido definidor del teatro nuevo, no tenía fuerza ni habilidad para imponerlo, Lope, de ideas más bien clásicas, fuera quien con su genio creador fundara uno de los dos más grandes teatros románticos de la humanidad. Al principio, Lope parece despreciar sus comedias: "Si allá murmuran de ellas algunos que piensan que las escribo por opinión—dice en la carta de 1604—, desengáñeles V. md. y dígales que por dinero." En la Epístola a don Antonio de Mendoza llama "versos mercantiles" a los de sus comedias. Repetidas veces, por ejemplo en el prólogo de El Peregrino, se disculpa de que éstas "no guarden el arte" alegando que el público las quiere así, y él no hace más que continuar las cosas tal como las ha encontrado, siguiendo el mal estilo que se ha introducido en el teatro español. Del Arte nuevo de hacer comedias, defensa tímida de su teatro en la que no sale aún del terreno de pedir perdón por sus muchas faltas, dice así el señor Menéndez y Pelayo, en el tomo III de la Historia de las ideas estéticas, y en tales palabras puede darse por resumido el problema de la posición de Lope en esta cuestión, sobre todo antes de los años de su vejez: "El Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega, tan traído y llevado por los críticos, hasta el extremo de haberse convertido algunos de sus versos en proverbios, ha parecido a muchos una especie de enigma o acertijo, siendo, como es, su sentido claro y llano para todo el que no le considere aisladamente sino poniéndole en relación con las demás obras de su autor y con el sentido estético que predomina en ellas. En Lope hay dos hombres: el gran poeta español y popular y el poeta artístico, educado, como todos sus contemporáneos, con la tradición latina e italiana. Estas dos mitades de su ser se armonizan cuando pueden, pero generalmente andan discordes, y, según las ocasiones, triunfa la una o triunfa la otra. Con su alma de poeta nacional, Lope tiene conciencia, más o menos clara, de la grandeza de su obra, y la lleva a término sin desfallecer un solo día. Pero al mismo tiempo se acuerda de que le enseñaron, cuando muchacho, ciertos libros llamados Poéticas, en los cuales, con autoridades mejor o peor entendidas del Estagirita y del Venusino, se reprobaban la mezcla de lo trágico y lo cómico y el abandono de las unidades. De aquí contradicción y aflicción en su espíritu." Pero según fué viviendo fué aprendiendo Lope a apreciar más altamente su teatro. En 1617 ya se decide a publicar directamente sus comedias, "aunque nunca las hizo para imprimirlas", dejando el desdén con que las había tratado hasta entonces. Sin embargo, siempre tuvo por más valiosos sus poemas; "jamás tuvo arrogancia" por sus comedias, "porque teniendo ingenio y letras para los libros que corren suyos por Italia y Francia, tiene las comedias por flores del campo de su Vega, que sin cultivo nacen". (Prólogo de la Parte XX.) No sabia él que aquellas silvestres florecillas eran lo que le aseguraba la inmortalidad.
No vamos a entrar aquí, claro está, en la plurisecular contienda, largo ha extinguida, entre los partidarios del teatro clásico y los del romántico, que tantos arroyos de tinta y bilis hizo derramar en tiempo de nuestros mayores, próximos y remotos. Acaso, sin embargo, hubiera podido ser resuelta a gusto de todos considerando que el teatro español (o el inglés), aunque coincidiendo con las obras dramáticas del arte clasicista, a las que se aplicaban las leyes aristotélicas y horacianas, en ser recitado por actores en un escenario, pertenecía a diferente género literario y era nacido de origen muy diverso. Si consideramos que gran número de las obras de Lope (o de Shakespeare) son fiel dramatización del relato de una crónica o de un cuento; si atendemos a lo frecuentes, extensos e importantes que son en Lope los romances en que se narran cosas que constituyen parte integrante de la acción y que, sin embargo, no han podido ocurrir ante los espectadores; si vemos que en el teatro español, más que a la pintura de los caracteres en pugna se atiende a desarrollar el argumento, generalmente complicadísimo, llegaremos a pensar que tales obras, más que con las tragedias y comedias de tipo clásico, tienen parentesco con crónicas y novelas: que deben ser tenidas por lazo de unión entre los géneros épico y dramático más que como puros dramas. Ya Bouterweck, historiador de nuestras letras y uno de los fomentadores de los estudios de literatura española en Alemania a principios del siglo xix, decía, según Bertrand (Tieck et le théâtre espagnol) que una comedia española es un cuento dramático. Tieck, según el mismo autor, escribe que "cada una de las buenas comedias de Lope está tratada como un cuento lleno de alta poesía". Y en otro lugar, analizando una obra de Lope, dice: "Si se exceptúa el principio, está construída como un cuento y tiene un carácter completamente narrativo." "Lope se propuso dar a sus comedias la forma de una novela dramática—dice en su Historia Ticknor—y con su gran talento llegó a establecer esta base como la fundamental del teatro español." El propio Lope había dicho en el proemio de su novela El Desdichado por la honra: "Demás que yo he pensado que tienen las novelas los mismos preceptos que las comedias, cuyo fin es haber dado su autor contento y gusto al pueblo, aunque se ahorque el arte." Finalmente, don Ramón Menéndez Pidal, en la obra varias veces citada, se expresa en estos términos: "Puede decirse que fué ella—la prosa narrativa—quien le imprimió su carácter definitivo haciéndole pasar de las hondonadas y laberintos en que se perdía al ancho campo que debía recorrer tan gloriosamente. Fué a su semejanza como se formó el nuevo drama, donde todo es acción, movimiento y vida. A ella es a quien ha debido su vivacidad, la rapidez de su acción, la libertad de abarcar las épocas y los lugares más alejados unos de otros, esas bruscas transiciones gracias a las cuales el juglar antiguo y el cronista, venido tras él, transportaban a su antojo la atención de los oyentes del uno al otro lado de los lugares donde se desenvolvía el relato. Tal es el origen de esos continuos cambios en el lugar de la escena que han permitido al nuevo drama tratar los asuntos más complejos de la epopeya, de la historia y de la novela antigua. Concebida de esta manera, la comedia española se ha constituído bajo la forma de una epopeya dramática y el principio al cual obedece no es otro que éste: todo lo que puede ser narrado puede también ser representado en la escena."
Poco a poco, según van siendo mejor estudiadas las comedias y conocidos los sucesos de la vida del poeta, a que no faltan alusiones en aquéllas, comienza a ser posible el establecer su sucesión cronológica con mayor rigor de lo que lo había sido hasta ahora. De este modo llegará a verse con toda claridad la evolución del arte dramático de Lope en su larga carrera. Pero en lo esencial no se saldrá—es de esperar—de lo entrevisto por el señor Menéndez y Pelayo, quien viene a afirmar que en las comedias de la juventud de Lope predomina el carácter lírico y hay gran complicación de argumentos e incidentes, mientras que en las obras de la vejez simplifícase el asunto y el tono épico se sobrepone al lírico. En las dos comedias que contiene este volumen, pertenecientes a muy distinto tiempo de la vida del poeta, puede comprobarse cumplidamente este general aserto.
Lope de Vega, como se ha dicho antes, conoció en vida la mayor popularidad que jamás puede haber alcanzado autor alguno. León Pinelo en sus Anales de Madrid alaba "la estimación que le dió el pueblo dondequiera que estuvo, y particularmente en esta Corte, donde en oyéndole nombrar los que no le conocían se paraban en las calles a mirarle con atención, y otros que venían de fuera luego le buscaban y a veces le visitaban sólo por ver y conocer la mayor maravilla que tenía la Corte, y muchos le regalaban y presentaban alhajas sin más título que el de ser Lope de Vega, y si llegaba a comprar cualquiera cosa de mucha o poca calidad, en sabiendo que era Lope de Vega se la ofrecían dada o se la vendían con toda la cortesía y baja de valor que les era posible;... dieron en Madrid, más de veinte años antes que muriese, en decir por adagio a todo lo que querían celebrar o alabar por bueno, que era de Lope; los plateros, los pintores, los mercaderes, hasta las vendedoras de la plaza, por grande encarecimiento, pregonaban fruta de Lope, y un autor grave, que escribió la historia del señor don Juan de Austria, para levantar de punto la alabanza, dijo de uno que era capitán de Lope, y una mujer, viendo pasar su entierro, que fué grande, sin saber cúyo era, dijo que aquel era entierro de Lope, en que acertó dos veces". Quevedo, en la aprobación de las Rimas de Burguillos, se refiere también a este uso popular de calificar como de Lope a lo excelente: "Frey Lope Félix de Vega Carpio, cuyo nombre ha sido universalmente proverbio de todo lo bueno."
"Gozó sin litigio Lope la fama en la mocedad—dice Pellicer en su Panegírico—; aguardábanle las contradicciones para la vejez." En los últimos años de la vida del poeta, el tornadizo favor del público parece haberse complacido más en las obras de algunos nuevos ingenios que en las del viejo creador del teatro español; más de una vez el público recibió con hostilidad alguna de sus últimas creaciones. El aplauso y protección de las esferas oficiales ya hemos visto también que buscó de preferencia otras frentes para colocar en ellas sus coronas. El poeta habrá conocido en la última época de su vida la amarga sensación de sobrevivirse, de quedar rezagado en la marcha del gusto público de su tiempo. No poco le habrá dolido esta desventura que venía a sumarse a las desdichas privadas que ennegrecieron y llenaron de amargura sus últimos días.
Muerto Lope, su obra quedó un tanto oscurecida por la de Calderón, su continuador famosísimo, y fué cada vez más olvidada en el creciente mal gusto que se extendía según iba avanzando el siglo xvii. En el xviii, corrió la suerte de todo el teatro español, y sólo a principios del xix renació su fama con la reivindicación general de nuestro teatro por los escritores románticos, alemanes principalmente. Pero también entonces la nombradía de Calderón hizo sombra a la de Lope, que todavía vino a quedar en lugar secundario. Grillparzer en los países de lengua germánica; en Inglaterra la redacción de The Atheneum, Chorley y Ormsby, iniciaron la tendencia de colocar a Lope en el excelso lugar que le corresponde en el teatro español, tendencia que recibió consagración oficial entre nosotros cuando en 1890 don Marcelino Menéndez y Pelayo acometió la tarea de publicar la edición académica de las obras de Lope de Vega. De entonces acá, los estudios sobre Lope han venido siendo cada vez más numerosos e intensos, y en la valoración actual de nuestras letras, Lope de Vega, aunque sin el sentido universal de Cervantes, su no muy amado coetáneo, goza de una preeminencia y significación únicas en el orbe de la literatura española.
J. Gómez Ocerín. R. M. Tenreiro.