Que se quebraba en hondas desiguales.
Á la ley de la rienda el cuello embebe,
En quien la testa se termina apénas,
Donde por ojos dos jacintos mueve,
Anegados en limpias azucenas.
En este monstruo, en fin, mosqueta ó nieve,
Que, gentil, vientos calza y burla arenas,
Venía este prodigio de amor luégo,
Que quiso con la nieve unir el fuego.
Acompañaba á la cruel el moro