Era por entonces capitan general Don Pedro Carbonell, en cuyas manos vino la casualidad á poner el hilo de la trama, ó mas bien que la casualidad la poca discrecion de un comerciante de Carácas, llamado Don Manuel Montesinos y Rico, quien deseoso de hacer prosélitos se franqueó á su barbero, mancebo timorato y de pocas luces. Este, despues de haber descubierto el secreto á otros jóvenes de su clase, y previo acuerdo de todos, fué á consultar el caso con un sacerdote amigo suyo llamado Don Domingo Lander. Por boca de este y de otro clérigo llegó á oidos del provisor, quien lo notició al capitan general.

Preso Rico y ocupados sus papeles, ofreció Carbonell á los conjurados el perdon y olvido de su delito, siempre que se presentasen en cierto término ante su autoridad. Semejante medida produjo grande alarma entre todos los iniciados, despertando en sus ánimos el temor de verse denunciados unos á otros, y corrieron de tropel á ponerse en manos de las autoridades, con la inocente credulidad de hombres novicios en el arte de conspirar.

Pronto las cárceles se vieron atestadas de venezolanos honrados y laboriosos. Aun no habia corrido un mes desde la denuncia, cuando ya se oficiaba á la Córte de España diciéndole: "que á excepcion de dos, que habian buscado amparo en las colonias extranjeras, los demás cómplices se hallaban presos." Don Manuel Grial, capitan retirado y Don José Maria España eran los referidos prófugos.

Pero en vez de perdonar y olvidar, conforme á la promesa, en Agosto del mismo año ordenaba la Audiencia que los detenidos fuesen desterrados á perpetuidad y trasladados unos á la metrópoli y otros á Puerto-Rico.

Algunos meses despues, el capitan general era reemplazado por Don Manuel de Guevara Vasconcelos, quien haciendo un uso inhumano de las ámplias facultades de que iba investido, condenó á ser ahorcados y descuartizados á seis de los principales conspiradores. Este inicuo é injusto proceder exacerbó al pueblo venezolano, tanto mas cuanto que los promovedores de la conspiracion, Sebastian Andrés y José Laz, á pesar de su mayor delito por esta circunstancia y la de ser reincidentes no merecieron otra pena que la de reclusion en las provincias de Panamá y Puerto-Cabello.

Asi inauguraba Guevara su entrada en el mando y la del año 1799, en cuyo mes de Abril fué apresado Don José Maria España, á quien su mala estrella trajo desde la Trinidad á la Guaira en busca de su esposa; la tierna solicitud de esta no bastó á tenerle bien oculto ni defendido contra las pesquisas de los agentes del gobierno. El 8 de Marzo, esto es, á los nueve dias de su captura, sufrió el desgraciado la pena de horca y su cabeza, dentro de una jaula de hierro, estuvo expuesta al público en la Guaira, mientras sus mutilados miembros fueron distribuidos entre varios pueblos y fijados en escarpias al borde de los caminos.

Pero semejantes medidas de terror solo servian para enconar mas y mas los ánimos y excitar el ódio y general descontento de un pueblo digno de mejor suerte, tratado con tan cruel manera, como el mas abyecto de los esclavos.

Asi cerraban los desaciertos de España el siglo XVIII, contribuyendo no poco de este modo á acelerar la emancipacion de Venezuela y la de todas las otras colonias, cuyos clamores, llevados á Europa por algunos de sus mas decididos patriotas, solicitaban de Francia é Inglaterra los necesarios socorros para emprender la obra santa de su independencia y tratar de sacudir para siempre el pesado, el ominoso yugo ejercido alli desde hacia tres siglos por los españoles con menoscabo, injusticia y fragrante impunidad de los sagrados derechos naturales de aquellos que llevaban su sangre, de aquellos cuyo sudor y afanes no eran aun bastantes á alimentar su insaciable codicia.

Entre los celosos gestores de la mas noble de las causas figuraban el peruano Don José Caro, el granadino Don Antonio Nariño y, con sus vastas relaciones y gran nombre europeo, el caraqueño Don Francisco Miranda. Llenos todos tres de ardiente patriotismo, todos tres animados del mejor deseo, ponian en juego cuantos medios estaban á su mano para concertar en el antiguo continente la manera de cambiar la faz política de su pais, dándole un gobierno independiente y republicano que guiase los pueblos á la prosperidad y adelantos que el movimiento general de la época y la riqueza de la América reclamaban.

Tal era la situacion de Venezuela al perderse en la inmensidad de los tiempos el siglo último, siglo que, al engendrar un Napoleon y un Washington, hizo participe de una chispa de su génio revolucionario al hombre que mas tarde habia de merecer el glorioso nombre de Libertador de su pais, y cuyos altos hechos vendrian á inmortalizar el cincel, el bronce y la pluma. Simon Bolívar pisaba los umbrales de la vida en la ciudad de Carácas el dia 24 de Julio de 1783. Nacia adornado de los talentos y dotes necesarias para consumar la obra de la independencia del Sud de América, y á ser el reparador de la injusticia que los hombres de otro tiempo habian inferido al intrépido y sábio descubridor del Nuevo Mundo, intentando, con la mas noble elevacion del espiritu al mismo tiempo que exponia su vida en los campos de batalla, perpetuar el recuerdo de Colon en la Confederacion que se esforzó en constituir bajo el título de Colombia.