Los fariseos que crucificaron á Cristo no podían tener unas fachas de forajidos más completa.

Sus vestidos eran andrajosos, sus caras torvas, todos encogidos y con la pata en el suelo, necesitábase estar animado del sentimiento del bien público para resolverse á tratar con ellos.

Entraron donde yo estaba.

Queriendo hacer un estudio social les ofrecí asiento. Me costó conseguir que lo aceptaran; pero instando conseguí que se sentaran.

Lo hicieron poniendo cada cual su sombrero en el suelo al lado de la silla.

Agacharon todos la cabeza.

Inicié la conferencia con ciertas preguntas como:—¿Cómo te llamas, de dónde eres, en qué trabajas, has sido soldado, cuántas muertes has hecho?

Y luego que la confianza se estableció, proseguí:

—Conque ¿quieren ustedes conchabarse?

—Como usía quiera—contestó el Cautivo, con esa tonada cordobesa, que consiste en un pequeño secreto, (como lo puede ver el curioso lector ó lectora) en cargar la pronunciación sobre las letras acentuadas y prolongar lo más posible la vocal ó primera sílaba.