Antes de ponerme en marcha resolví dejar las mulas atrás. Caminaban sumamente despacio por lo mucho que había llovido y era un martirio para los franciscanos seguirlas al tranco; el padre Moisés no es tan maturrango, pero el padre Marcos no hallaba postura cómoda.

Contra mis cálculos tomamos el rastro de los chasques.

Habían seguido el camino de Lonco-uaca.

Mi lenguaraz, mestizo chileno, hijo de cristiano y de india araucana, hombre muy baqueano, de cuyas confidencias soy depositario, no por él sino por otros, lo que me permitirá contar sus aventuras amorosas de Tierra Adentro, creyó oportuno hacerme algunas indicaciones.

Eran muy juiciosas y sensatas; y como entre ellas entrase la posibilidad de que los chasques se extraviaran en razón de que ni Guzmán ni Angelito conocían prácticamente el camino que habían tomado, me pareció prudente hacer yo á mi turno mis recomendaciones.

Íbamos á entrar ya en los montes; á tener que marchar en dispersión, sin vernos unos á los otros; por sendas tortuosas, que se borraban de improviso unas veces, que otras se bifurcaban en cuatro, seis ó más caminos, conduciendo todas á la espesura.

Era lo más fácil perder la verdadera rastrillada, y también muy probable que no tardáramos en ser descubiertos por los indios.

Un tal Peñaloza suele ser el primero que se presenta á los indios ó cristianos que pasan por esas tierras alegando ser suyas y tener derecho á exigir se le pague el piso y el agua.

No hay más remedio que pagar, porque el señor Peñaloza se guarda muy bien de salir á sacar contribución alguna cuando los caminantes son más numerosos que los de su toldo ó van mejor armados.

Más adelante hay otros señores dueños de la tierra, del agua, de los árboles, de los bichos del campo, de todo, en fin, lo que puede ser un pretexto para vivir á costillas del prójimo.