Estos derechos interterritoriales se cobran en la forma más política y cumplida, suplicando casi y demostrándoles á los contribuyentes ecuestres la pobreza en que se vive por allí, lo escaso que anda el trabajo.
Si los expedientes pacíficos surten efecto no hay novedad; si los transeúntes no se enternecen se recurre á las amenazas, y si éstas son inútiles, á la violencia.
Es ser bastante parlamentario, para vivir tan lejos de los centros de la civilización moderna.
Recomendé á mi gente cómo habían de marchar; prohibí terminantemente que bajo pretexto de componer la montura se quedara alguien atrás, advirtiendo que cada cuarto de hora haría una parada de dos minutos para que pudiéramos ir lo más juntos posible; describí la aguada de Chamalcó donde me demoraría un rato, lo bastante para mudar caballos por si alguien llegaba á ella extraviado; y á los franciscanos les supliqué me siguiesen de cerca, no fuera el diablo á darme el mal rato de que se me perdieran.
Finalmente hice notar, que hallándonos ya en donde podía haber peligro cuando menos lo esperáramos, quería, puesto que no estábamos bien armados, que todos y cada uno nos condujéramos con moderación y astucia, con sangre fría sobre todo, que, como ha dicho muy bien Pelletan, es el valor que juzga.
Hecho esto, mandé que dos soldados, con dos tropillas que no me hacían falta, se volviesen al Río 5.º caminando despacio.
Escribí con lápiz cuatro palabras para el General Arredondo y algunos subalternos amigos de mis fronteras, avisándoles que había llegado con felicidad al Cuero, y entramos en los montes.
Hermosos, seculares algarrobos, caldenes, chañares, espinillos, bajo cuya sombra inaccesible á los rayos del Sol crece frondosa y fresca la verdosa gramilla, constituyen estos montes, que no tienen la belleza de los de Corrientes, del Chaco ó Paraguay.
Las esbeltas palmeras, empinándose como fantasmas en la noche umbría; la vegetación pujante renovándose siempre por la humedad; los naranjeros que por doquier brindan su dorada fruta; las enmarañadas enredaderas, vistiendo los árboles más encumbrados hasta la cima y sus flores inmortales todo el año; fresco musgo tapizando los robustos troncos; el liquen pegajoso, que con el rocío matinal brilla, como esmaltado de piedras preciosas; las espadañas que se columpian graciosas, agitando al viento sus blancos y sedosos penachos; las flores del aire, que viven de las auras purísimas, embalsamando la atmósfera, cual pebeteros de la riente Natura; las aves pintadas de mil colores, cantando alegres á todas horas; los abigarrados reptiles serpenteando en todas direcciones; los millones de insectos que murmuran en incesante coro diurno y nocturno; el agua siempre abundante para consuelo del sediento viajero, y tantas, y tantas otras cosas que revelan la eternal grandeza de Dios, ¿dónde están aquí? me preguntaba yo, soliloqueando por entre los carbonizados y carcomidos algarrobos.
Y como siempre que bajo ciertas impresiones levantamos nuestro espíritu, la visión de la Patria se presenta, pensé un instante en el porvenir de la República Argentina el día en que la civilización, que vendrá con la libertad, con la paz, con la riqueza, invada aquellas comarcas desiertas, destituidas de belleza, sin interés artístico, pero adecuadas á la cría de ganados y á la agricultura.