Aunque la hora convenida con Petrona era cuando la diesen las cabritas, me resolví á ir un poco más temprano.
Todo estaba pronto, caballos y con qué comprar algo por el camino. Yo tenía algunos reales.
Salimos de casa de Antonio, llegamos á la ventana de Petrona, la empujamos despacito y salté yo sin hacer ruido dejándola abierta. Cuando estuve en el cuarto oí roncar. Era el padre de Petrona, que según los cálculos de Antonio, se había retirado de su tertulia antes de la hora acostumbrada.
Antonio sintió los ronquidos y me dijo en voz baja: vámonos, ché, hoy no se puede.
No quise obedecerle, y por toda contestación le dije, ¡chit!
El cuarto estaba obscuro, tenía que caminar en puntas de pie, con mucho cuidado para no hacer ruido, hasta acercarme á la cama de Petrona.
Ella me había sentido. Lo mismo que yo, contenía la respiración. Si se despertaba el padre, teníamos mal pleito. Ella no se escapaba de una soba, yo de una puñalada, porque era malísimo.
Me acercaba á la cama de Petrona sin sentir que detrás de mí había entrado Antonio.
Le había ya tomado la mano y ella iba ya á levantarse, cuando oímos ruido de plata y un grito: ¡Ah, pícaro!
Era la voz del padre de Petrona.