Tanto y tanto nos apuraba el amor, que, al fin resolvimos irnos para Mendoza, casarnos allí, y volver después cuando Dios quisiera.

En eso andábamos, viéndonos de paso con mucha dificultad; porque siempre nos espiaban los padres y el juez, que era viudo y medio viejo, que quería casarse con la Petrona, y cuya hija menor tenía tratos con Antonio, de quien era muy enemigo; siempre lo amenazaba con que lo había de hacer veterano.

Un día arreglamos al fin, después de mucho trabajo, cómo habíamos de fugar.

Yo debía sacar á la Petrona de su casa en la noche.

Antonio me acompañaría, para cuidar la ventana, que era por donde había de entrar. No podíamos descuidarnos con el juez.

La ventana caía al cuarto del padre de Petrona que era jugador, muy jugador, lo mismo que Antonio. En ese tiempo había hecho una gran ganancia. Á Antonio le había ganado todas sus prendas y éste le andaba con ganas.

Petrona dejó apretada la ventana. Una tía le acompañaba y dormía junto con ella, en el mismo cuarto. Doña Romualda, la madre, andaba por el puesto.

Esa noche era muy linda ocasión, porque el padre de Petrona estaba de tertulia.

Tempranito estuvo Antonio en ella y vino á avisarme que el hombre ganaba ya mucho, diciéndome que si no nos apurábamos erraríamos el golpe.