—La ocasión hace al ladrón—dijo Juan Díaz, uno de mis baqueanos muy ocurrente.
En esos momentos el bosque se abría formando un hermoso descampado; la nítida y blanca luna se levantaba, y las estrellas centelleaban trémulamente en la azulada esfera.
Detuve mi caballo, que no obedecía como un rato antes á la espuela, y dirigiéndome á los franciscanos que no se separaban de mí, les consulté:
—Si tenían ganas de descansar un rato.
—Con mucho gusto—contestaron.—Los buenos misioneros iban molidos; nada fatiga tanto como una marcha de trasnochada.
El pasto estaba lindísimo, la noche templada, pararnos no les haría sino bien á los animales.
Pasé la voz de que descansaríamos una hora.
Se manearon las madrinas de las ropillas, cesó el ruido de los cencerros, único que interrumpía el silencio sepulcral de aquellas soledades, y nos echamos sobre la blanda hierba.
Yo coloqué mi cabeza en una pequeña eminencia, poniendo encima un poncho doblado á guisa de almohada, y me dormí profundamente.
Tuve un sueño y una visión envuelta en estas estrofas de Manzoni, á manera de guirnalda ó de aureola luminosa: