Estaban en sus coloquios cuando uno de ellos dijo:

—De aquel toldo salen tres chinas enancadas... y vienen para acá.

Con efecto, no tardamos en verlas llegar, como deteniéndose á cien metros de nuestro volante campamento.

Mandé que el lenguaraz les hablara; díjoles que era yo, el coronel Mansilla, que iba de paces, que se acercaran.

Las chinas castigaron el flaco mancarrón que montaban enhorquetadas como hombres, medio acurrucadas, y vinieron hacia mí.

Me acerqué á ellas.

Las tres eran jóvenes, dos bien parecidas, una así así.

Vestían su traje habitual, que después tendré ocasión de describir, y cada una de ellas traía una sandía. Era un regalo, por si teníamos sed. El agua de la lagunita era impotable, ellas lo sabían.

Acepté el obsequio y les di doce reales bolivianos, azúcar, hierba, tabaco, papel, todo cuanto pudimos: llevábamos bien poca cosa, habiendo quedado los cargueros atrás.