Habíamos llegado á un campo que quebrándose en médanos bastante escarpados, semejaba el paisaje á las soledades del desierto de Arabia.

La vegetación era escasa y pobre. El guadal profundo. Los caballos caminaban con dificultad.

La mañana estaba lindísima.

Veíamos toldos en todas direcciones, lejos; pero indios, jinetes, ninguno.

Y era lo que más deseaban todos.

Ver indios, indios, eso es lo que quisiera, decían los franciscanos; y yo les replicaba: tengan paciencia, padres, que quién sabe si no es para un susto.

De médano en médano, de ilusión en ilusión, de esperanza en esperanza, llegamos á La Verde.

Serían las diez de la mañana.

Es una laguna como de trescientos metros de diámetro, profunda, adornada de árboles y escondida en la olla de un médano que tendrá setenta pies de elevación.

Mandé desensillar y mudar caballos.