Los dos indios avanzaron sobre mí resueltamente.

Como el anterior, venían armados.

No tardamos en estar muy cerca.

Éstos no trataban, como el primero, de buscarme el flanco.

—¡Vienen á toparnos!—decía Mora,—¡vienen á toparnos! Y vienen en buenos pingos.

—Pues vamos á toparlos, vamos á toparlos—agregaba yo, y esto diciendo, castigué con fuerza el caballo, y ordenándole á mi gente que no apuraran el paso, me lancé á escape.

Con la rapidez de relámpago nos hubiéramos topado, si unos y otros no hubiéramos sujetado á unos cincuenta pasos, avanzando después poco á poco, hasta quedar casi á tiro de lanzada.

—Buenos días, amigo, ¿cómo va?—les dije.

—Buenos días, ché amigo,—contestaron ellos.

Y como estuvieran con las lanzas enristradas, le observé á mi lenguaraz se los hiciera notar, diciéndoles quien era yo, que iba de paces, y que no traía más gente que la que se veía allí cerca.