Destaqué mi lenguaraz sobre el indio, sin detenerme, con la orden de que lo hiciera venir á mí.

Como ni el indio ni yo nos detuviéramos, llegamos á encontrarnos á la misma altura, pero en distintas direcciones. Hubiérase dicho que nos habíamos pasado la palabra, al vernos hacer alto simultáneamente.

Mi lenguaraz se puso al habla con el indio. Habló un momento con él, y volvió diciéndome que quería reconocerme.

Piqué mi caballo, y ordenándole á mi gente que nadie me siguiese, partí á media rienda sobre el indio, que me esperaba con el caballo recogido y la lanza enristrada. Á los veinte pasos de él, sujeté, diciéndole: buenos días, amigo. ¡Buenos días!—contestó.—Cambiamos algunas palabras más, por medio del lenguaraz, tendientes todas á tranquilizarlo, y él dió vuelta rumbiando al Sur á todo escape, y yo, reuniéndome con mi gente, seguí ganando terreno paso á paso.

Mora, mi lenguaraz, parecía de mal talante, y, en efecto, lo estaba, pues habiéndole interrogado, me manifestó las más serias inquietudes.

Hablábamos de las leguas que todavía teníamos que hacer para llegar á Leubucó, discurriendo sobre si seguiríamos por el camino de Cerrilobo, que pasa por los toldos del cacique Ramón, ó por el de la derecha, que pasa por la lagunita del Calcumuleu, que debíamos encontrar por momentos, cuando avistamos dos indios ocultos en un pliegue del terreno.

No podía saber si alguno de ellos era el mismo con quien acababa de hablar.

Le consulté á Mora.

Fijó su vista, observó un instante, y contestó con aplomo:

—Son otros, el pelo del caballo del primero era gateado.