Tuve la intención de detenerme. Pero en la disyuntiva de que el indio creyera que lo hacía por recelo de él, y aumentar sus sospechas, si venía á reconocerme, preferí lo último, aun exponiéndome á que por no dejarlo acercarse bastante, no me reconociera bien.

Entre asustarse y asustar, la elección no es nunca dudosa. Un gran capitán ha dicho, que una batalla son dos ejércitos que se encuentran y quieren meterse miedo. En efecto, las batallas se ganan, no por el número de los que mueren gloriosamente, luchando como bravos, sino por el número de los que huyen ó pierden toda iniciativa, aterrorizados por el estruendo del cañón, por el silbido de las balas, por el choque de las relucientes armas y el espectáculo imponente de la sangre, de los heridos y de los cadáveres.

El indio sujetó su caballo, y con la destreza de un acróbata se puso de pie sobre él, sirviéndole de apoyo la lanza.

Venía del Sur. Ése era mi rumbo. Seguí avanzando, aunque acortando algo el paso.

El indio continuó inmóvil.

Estaríamos como á tiro de fusil de él, cuando cayendo á plomo sobre el lomo de su caballo, partió á toda rienda en mi dirección, pero visiblemente con el intento de que no nos encontráramos.

Hay aptitudes que no pueden explicarse; sólo la práctica da el conocimiento de ellas: es una especie de adivinación.

Nuestros paisanos tienen á este respecto inspiraciones que pasman.

Á mí me ha sucedido ir por los campos, y decirme Camilo Arias: allí debe haber animales alzados y han de ser baguales, por el modo como corre ese venado, y en efecto, no tardar muchos minutos en descubrir los ariscos animales, flotando al viento sus largas crines y corriendo impetuosos. ¡Qué hermoso es un potro visto así en los campos!