Mi lenguaraz se alarmó... lo conocí en cierta expresión de sorpresa que vagó por su cara.
—¿Qué hay, le dije, que te llama así la atención?
—Señor—repuso,—los indios no tienen costumbre de andar armados en Tierra Adentro.
—¿Y qué será?
Se encogió de hombros, vaciló un instante y por fin contestó:
—Deben estar asustados.
—¿Pero asustados de qué, cuando le he escrito á Mariano, y tú mismo le has traducido y explicado bien á Angelito mi mensaje para Ramón, para él y Baigorrita?
—¡Ah! señor, los indios son muy desconfiados.
El indio avanzaba hacia nosotros, haciendo molinetes con su larga lanza, adornada de un gran penacho encarnado de plumas de flamenco.