Yo seguía tranquilo; un secreto presentimiento me decía que no había peligro.
Hay situaciones en que la tranquilidad no puede ser el resultado de la reflexión. Debe nacer del alma.
El campo se quebraba otra vez en médanos vestidos de pequeños arbustos, espinillos, algarrobos y chañares.
Nos aproximábamos á una ceja de monte.
Todos, todos los que me acompañaban, paseaban la vista con avidez por el horizonte, procurando descubrir algo.
Marchábamos en alas de la impaciencia, subiendo á la cumbre de los médanos, descendiendo á sus bajíos guadalosos, esquivando los arbustos espinosos, bajo los rayos del sol, que estaba en el cenit, alargándose la distancia cada vez más, por ciertas equivocaciones de Mora, cuando casi al mismo tiempo, varias voces exclamaron:—¡Indios! ¡indios!
En efecto, fijando la vista al frente y estando prevenida la imaginación, descubrí varios pelotones de indios armados.
—Parémonos, señor—me dijo Mora.
—No, sigamos—repuse,—pueden creer que tenemos miedo, ó desconfiar. Adelantémonos más bien.
Dejé mi comitiva atrás, aunque mi caballo iba bastante fatigado, y apartándome del camino, que ya habíamos encontrado, y poniéndome al galope, me dirigí al grupo más numeroso de indios.