Tendiendo la vista en ese momento á mi alrededor, vi que me hallaba circulado de enemigos ó de curiosos. Poco iba á tardar en saber lo que eran.

Vinieron á decirme que estábamos rodeados.

—Que avancen al tranco—contesté, y seguí al galope.

Rápidos como una exhalación, varios pelotones de indios estuvieron encima de mí.

Es indescriptible el asombro que se pintaba en sus fisonomías.

Montaban todos caballos gordos y buenos. Vestían trajes lo más caprichosos, los unos tenían sombrero, los otros la cabeza atada con un pañuelo limpio ó sucio. Éstos, vinchas de tejido pampa, aquéllos, ponchos, algunos, apenas se cubrían como nuestro primer padre Adán, con una jerga; muchos estaban ebrios; la mayor parte tenían la cara pintada de colorado, los pómulos y el labio inferior; todos hablaban al mismo tiempo, resonando la palabra ¡winca! ¡winca! es decir: ¡cristiano! ¡cristiano! y tal cual desvergüenza, dicha en el mejor castellano del mundo.

Yo fingía no entender nada.

¡Buen día, amigo!

Buen día, hermano, era toda mi elocuencia, mientras mi lenguaraz apuraba la suya, explicando quién era yo, y el objeto de mi viaje.