Hubo un momento en que los indios me habían estrechado tan de cerca, mirándome como un objeto raro, que no podía mover mi caballo. Algunos me agarraban la manga del chaquetón que vestía, y como quien reconoce por primera vez una cosa nunca vista, decían: ¡ese coronel Mansilla! ¡ese coronel Mansilla!

—Sí, sí, contestaba yo, y repartía cigarros á diestro y siniestro, y hacía circular el chifle de aguardiente.

Notando que mi comitiva, siguiendo el camino, se alejaba demasiado de mí, resolví terminar aquella escena. Se lo dije á Mora, habló éste, y abriéndome calle los indios, marchamos todos juntos al galope, á incorporarnos á mi gente.

Pronto formamos un solo grupo, y confundidos, indios y cristianos, nos acercábamos á un medanito, al pie del cual hay un pequeño bosque. Llámase Aillancó.

Mis oficiales y soldados no sabían qué hacerse con los indios—dábanles cigarros, hierbas y tragos de aguardiente.

Achúcar (azúcar), pedían ellos. Pero el azúcar se había acabado, la reserva venía en las cargas, y no había cómo complacerlos.

Nuevos grupos de indios llegaban unos tras otros.

Con cada uno de ellos tenía lugar una escena análoga á la que dejo descripta, siendo remarcable las buenas disposiciones que denotaban todos los indios y la mala voluntad de los cristianos cautivos ó refugiados entre ellos. La afabilidad, por decirlo así, de los unos, contrastaba singularmente con la desvergüenza de los otros. Cuando ésta subió de punto, hablé fuerte, insulté groseramente, á mi vez, y así conseguí imponerles respeto á aquellos desgraciados ó pillos, á quienes, viéndonos casi desarmados, se les iba haciendo el campo orégano.

Llegados á Aillancó, y como allí hay una lagunita de agua excelente, hice alto, eché pie á tierra y mandé mudar caballos.