Mudando estábamos, cuando llegó un grupo de veintiséis indios, encabezados por un hombre blanco, en mangas de camisa, de larga melena, atada con una vincha; de aspecto varonil, un tanto antipático, montando un magnífico caballo overo negro, perfectamente ensillado, con ricos estribos de plata y chapeado, que haciendo sonar unas grandes espuelas, también de plata, y blandiendo una larguísima lanza, y dirigiéndose á mí, y sofrenando de golpe el caballo, me dijo: Yo soy Bustos.
—Me alegro de saberlo—le contesté con disimulada arrogancia.
—Soy cuñado del cacique Ramón—añadió, cruzando la pierna derecha sobre el pescuezo de su caballo.
—Soy el coronel Mansilla—repuse, imitando su postura, y añadiendo: ¿cómo está el cacique Ramón?
Contestóme que estaba bueno, que mandaba saludarme con todos mis jefes y oficiales, y á saber por qué razón habiendo llegado á sus tierras, pasaba de largo por ellas.
Le dije, agradeciéndole el saludo: que no pasaba de largo por sus tierras, callado la boca; que el día antes había adelantado al indio Angelito y al cabo Guzmán con un mensaje.
Me dijo, que precisamente de ahí nacía la sorpresa de Ramón, que ellos habían dicho que antes de llegar á las tolderías del cacique Mariano, yo pasaría por las de Ramón.
Seguimos cambiando palabras sobre este tópico, y no tardé en apercibirme de que el cacique Ramón hacía una mixtificación exprofeso del mensaje que recibiera.
Ni el indio Angelito, ni el cabo Guzmán podían haberse equivocado. Era sumamente difícil. Yo me aseguré antes de despacharlos de Coli-Mula de que me habían entendido perfectamente bien.