El embajador del cacique Ramón y Bustos.—Desconfianza de cacique.—Quién era Bustos.—Caniupán.—Otra vez el embajador de Ramón y Bustos.—Un bofetón á tiempo.—Mari purrá wentru.—Recepción.—Retrato de Ramón.—Exigencias de Caniupán.—¡Lo mando al diablo!—Conformidad.
Regresó el embajador de Ramón.
En lugar de dirigirse á mí, se dirigió á Bustos.
¿Qué le dijo? Ni lo supe, ni lo sé. Mi lenguaraz no tenía suficiente libertad para hablar conmigo, porque, á más de pertenecer á las tolderías de Ramón, cuyo cuñado estaba allí, á mi lado, rodeábannos muy de cerca muchísimos indios, que atentos y curiosos, no apartaban sus miradas de mí, como queriendo penetrar mis pensamientos.
Lo que no podía ocultárseme era que Bustos y el embajador no estaban acordes. El primero se expresaba con verbosidad, con calor y perceptible descontento.
Mora, aprovechando un instante de distracción de Bustos, me insinuó con aire significativo que Ramón desconfiaba y que Bustos me defendía.
No me había engañado. El hombre había simpatizado conmigo. Ya tenía un aliado. Traté, pues, de acabar de hacer su conquista, afectando la mayor tranquilidad, disimulando que conocía las desconfianzas de Ramón, y encontrando muy natural todo lo que hasta entonces había pasado.
El embajador partió de nuevo, y Bustos y yo seguimos conversando, dándome mala espina el que á cada rato me dijera, como queriendo justificar el extraño proceder de Ramón, que con toda astucia y disimulo me retenía en el camino:
—No tenga miedo, amigo.
—No, no hay cuidado, contestaba yo.