Y bajo la influencia de estas admoniciones, comencé á engendrar sospechas, inclinándome á creer que había andado muy ligero al hacerme la idea de que el hombre había simpatizado conmigo.
Estábamos platicando, habiéndome dicho que había nacido en el antiguo Fuerte Federación, hoy Villa de Junín, que su madre fué india y su padre un vecino de Rojas, de apellido Bustos, que en un tiempo fué comandante de Guardia nacional. Mi comitiva, asediada por los indios, que pedían cuanto sus ojos veían, repartía cigarros, hierba, fósforos, pañuelos, camisas, calzoncillos, corbatas, todo lo que cada uno llevaba encima y le era menos indispensable. De repente, sintióse un tropel, y envueltos en remolinos de polvo, llegaron unos treinta indios, sujetando los caballos tan encima de mí, que si hubieran dado un paso más me habrían pisoteado.
Bustos no pudo prescindir de gritarles: ¡Eeeeeh!
Yo, sin moverme del sitio en que estaba, ni cambiar de postura, fruncí el ceño y clavé la mirada en el que venía haciendo cabeza, que encarándoseme y llevando la mano derecha al corazón, me dijo:
—¡Ese soy Caniupán! ¡Capitanejo Mariano Rosas! (y volviendo á señalarse á sí propio) ¡Ese indio guapo!
Seguí mirándolo con torvo ceño.
Junto con las palabras ¡winca! ¡winca! se oyeron algunas otras groseras, de calibre grueso.
Bustos me dijo:
—Montemos á caballo.