Oyóse un solo grito prolongado que hizo estremecer la tierra, y conversando las dos alas de la línea que teníamos al frente, formaron rápidamente un círculo, dentro del cual quedamos encerrados, viendo brillar las dagas relucientes de las largas lanzas adornadas de pintados penachos, como cuando amenazan una carga á fondo.
Mi sangre se heló...
Estos bárbaros van á sacrificarme—me dije.
Reaccioné de mi primera impresión, y mirando á los míos: Que nos maten matando—les hice comprender con la elocuencia muda del silencio.
Aquel instante fué solemnísimo.
Otro grito prolongado volvió á hacer retemblar la tierra.
Las cornetas tocaron á degüello...
No hubo nada.
Lo miré á Bustos como diciéndole: