Terminado el saludo de la turbamulta, saludé al cacique, dándole un apretón de manos y un abrazón que recibió con visible desconfianza de una puñalada, pues, sacándome el cuerpo se echó sobre el anca del caballo.
El abrazo fué saludado con gritos, dianas y vítores al coronel Mansilla.
Yo contesté.
—¡Viva el cacique Ramón! ¡Viva el Presidente de la República! ¡Vivan los indios argentinos!
Y el círculo de jinetes y de lanzas se quebró en todas partes, desparramándose los indios al son de las dianas que no cesaban, haciendo molinetes con las lanzas, dándose de pechadas los unos á los otros, cayendo aquí y levantándose allá, ostentando los más diestros su habilidad, rayando los corceles, hasta que jadeantes de fatiga les corría el sudor como espuma.
Los gritos de regocijo se perdían por los aires.
El cacique Ramón y yo, rodeados de pedigüeños, tomamos el camino de Aillancó.
Llegamos...
Extendiendo ponchos bajo los árboles y formando rueda, nos pusimos á parlamentar entre mate y mate, entre trago y trago de aguardiente.
Hube de echar las entrañas por la boca.