Mora se quedó á mi lado, diciéndome Ramón que le conservara tanto cuanto le necesitara.
Apenas se alejaba Ramón, se presentó el capitanejo Caniupán, insistiendo en que le diera un caballo gordo para comer.
El pedido tenía todo el aire de una imposición.
Me negué redondamente.
Insistió chocándome, y le contesté, que dónde había visto que un hombre gaucho diera sus caballos; que los necesitaba para volverme á mi tierra, que si se creía que me iba á quedar toda la vida en la suya.
Me dijo algo picante.
Lo mandé al diablo.
Los que le seguían murmuraron algo que podía traer un conflicto.
Creí prudente aflojar un poco la cuerda, y como haciendo una transacción, ordené con muy mal modo le dieran una yegua.