Todo su aspecto es el de un hombre manso, y sólo en su mirada se sorprende á veces como un resplandor de fiereza.
Es de oficio platero; siembra mucho todos los años, haciendo grandes acopios para el invierno, y sus indios le imitan.
Su padre ha abdicado en él el gobierno de la tribu.
Charlamos duro y parejo.
Me agradeció con marcada expresión de sentimiento, todo cuanto había hecho en el Río 4.º por su hermano Linconao, á quien con mis cuidados salvé de las viruelas, preguntándome repetidas veces, si siempre vivía en mi casa, que cuándo volvería á su tierra.
Contestéle que estuviera tranquilo, que su hermano quedaba muy bien recomendado; que no le había traído conmigo porque estaba convaleciente, muy débil y que el caballo le habría hecho daño.
Me instó encarecidamente, á visitarle en sus tolderías, ofreciéndome presentarme su familia. Le prometí hacerlo de regreso, y nos separamos ofreciéndome visita para el día siguiente.
Bustos se marchó con él, pidiéndome por supuesto una botellita de aguardiente.
Le di la última que quedaba.