¿Pero, qué tenía de extraño que un pobre indio creyese tales patrañas, cuando uno de mis ayudantes, el mayor Lemlenyi, creía, porque se lo había contado no sé qué chusco, que en Patagones hay unos indios que tienen el rabo como de una cuarta, cuyos indios antes de sentarse en el suelo, hacen un pocito con el dedo, ó con el mismo rabo, para meterlo en él, y estar con más comodidad?
Las creederas de la humanidad suelen tener unas proporciones admirables.
Todo cabe dentro de ellas—la verdad lo mismo que la mentira.
Si me apurasen mucho, demostraría que es más común creer en la mentira que en la verdad.
Machiavello dice que el que quiera engañar, encontrará siempre quien se deje engañar, lo que prueba que, si no hay quien mienta más, no es por la dificultad de encontrar quien crea, sino por la dificultad de encontrar quien se resuelva á mentir.
Amaneció.
Me trajeron el parte de que en las tropillas no había novedad. En cambio, la yegua que conservaba para comer había muerto envenenada por un yuyo malo.
Íbamos á estar frescos si esa tarde no llegaban las cargas.
Cuando salía el sol, se presentó un mensajero de Caniupán, y después de darme los buenos días con muchísima política, de preguntarme si había dormido bien, si no había habido novedad, si no había perdido algunos caballos, me notificó que el capitanejo vendría á visitarme al rato. Devolví los saludos y contesté que estaba pronto.