El mensajero pidió cigarros, aguardiente, yerba, achúcar, achúcar, se lo dieron y se marchó.

Poco á poco fueron llegando visitantes, ó mejor dicho curiosos, porque no se bajaban del caballo, sino que, echados sobre el pescuezo, se quedaban largo rato así mirándonos, y luego se marchaban, diciendo algunas veces: Adiós, amigo; pidiendo otras un cigarro.

La visita anunciada llegó á las dos horas. Le acompañaban veintitantos indios. Se apeó del caballo, después de saludar cortésmente, me dió un mensaje de Mariano Rosas, y tomó asiento en el suelo, á mi lado, pidiéndome con la mayor familiaridad un cigarro.

Arméselo, encendílo yo mismo, y se lo puse en la boca por decirlo así.

Mariano Rosas me invitaba á cambiar de campamento, á avanzar una legua; y me pedía disculpas.

El comisionado le disculpaba por su cuenta confidencialmente, diciéndome que estaba achumado (ebrio).

Mandé tomar caballos y ensillar, y como el terreno era muy quebrado, durante la operación se distrajeron los caballerizos y me robaron dos pingos.

Se lo dije á Caniupán, manifestándole con grosería que aquello era mal hecho, que Mariano Rosas estaba en el deber de tomar á los ladrones, para castigarlos y hacerles entregar mis caballos si no se los habían comido. Y quise hacer aquella comedia de enojo, porque entre bárbaros más vale pasar por brusco que por tonto.

Caniupán hizo la suya; me aseguró que los ladrones serían perseguidos, tomados y castigados, pero él sabía perfectamente bien que nadie lo había de hacer. Por supuesto que no lo hicieron. Perdí, pues, mis caballos, quedándome sólo la satisfacción de haber refunfuñado un rato con desahogo.