Era hora de comer algo sólido. Se hizo fuego, se cebó mate, se intentó hacer algunos asados, pero el charque había desaparecido. Fué menester apretarse la barriga, y seguir dándole á la yerba y al café.
Todo el resto de ese día pasaron incesantemente indios, del Norte para el Sur, del Sur para el Norte. Todos se detenían, se acercaban, nos miraban y luego proseguían su camino.
Algunos conversaban largo rato con mi gente. Los franciscanos eran siempre los más solícitos en dirigirles la palabra, y en ofrecerles un trago de un botellón de cominillo, que no sé cómo no había volado ya.
Yo me propuse no hablar con nadie ese día, á no ser que viniera exprofeso, mandado por alguien; así fué que me lo llevé paseando por la costa de la laguna, leyendo á Beccaria á ratos, otras veces, un juicio crítico sobre las obras de Platón, de ese filósofo inmortal á quien podría tributársele el fanático homenaje de mandar quemar todo cuanto se ha escrito sobre filosofía, desde sus días hasta la fecha, sin que por eso las ciencias especulativas perdieran gran cosa.
Al caer la tarde, llegó un nuevo mensajero de Mariano Rosas, con una retahila de preguntas y recomendaciones, que terminaban todas con esta recomendación sacramental: que tenga mucho cuidado con los caballos. Recibí y despedí secamente al mensajero, llamándome sobremanera la atención no tener hasta ese instante noticia alguna del capitán Rivadavia, que hacía dos meses se encontraba entre los indios con motivo del tratado que desde el año pasado venía negociando yo con ellos.
Llegó la noche; se hizo un gran fogón, nos comimos una mula de las más gordas y algunos peludos, y repletos y contentos, se cantó, se contaron cuentos y se durmió hasta el amanecer del siguiente día.
Iba amaneciendo cuando me desperté; llamé á Camilo Arias, y le pregunté si había habido alguna novedad. Contestóme que no, aunque habíamos estado rodeados de espías. Me incorporé en el blanco lecho de arena, dirigí la visual á derecha é izquierda; á la espalda y al frente, y en efecto, los que habían velado nuestro sueño estaban todavía por ahí.
Calentó el sol y empezaron á llegar visitantes y á incomodarnos con pedidos de todo género, tanto que tuve que enfadarme cariñosamente con mis ayudantes Rodríguez y Ozarowski, porque al paso que iban, pronto se quedarían en calzoncillos.
—Bueno es dar—les dije,—mas es conveniente que estos bárbaros no vayan á imaginarse que les damos por miedo.
Estaba haciéndoles estas prudentes observaciones sobre la regla de conducta que debían observar, y como un indio me pidiera el pañuelo de seda que tenía al cuello, aproveché la ocasión para despedirlo con cajas destempladas.