Gruñó como un perro, refunfuñó perceptiblemente una desvergüenza, añadiendo: cristiano malo, y se fué.

Al rato vino, con cinco más, un nuevo mensajero de Mariano Rosas.

Le recibí con mala cara.

—Manda decir el general que cómo está—me preguntó.

—Tirado en el campo, dígale—le contesté.

—Manda decir el general, que cómo le va—añadió.

—Dígale—repuse,—que busque una bruja de las que viven en estas aguas que le conteste cómo le irá al que no teniendo qué comer se está comiendo las mulas que necesita para volverse á su tierra.

—Manda decir el general—continuó,—si se le ofrece algo.

—Dígale al general—contesté, echando un voto tremendo,—que es un bárbaro, que está desconfiando de un hombre de bien que se le entrega desarmado, y que otro día ha de creer en algún pícaro de mala fe que lo engañe.

El mensajero hizo un gesto de extrañeza al oir aquella contestación; advirtiéndolo yo, agregué: