—¡Son indios!
—No, vienen muy despacio para ser indios.
—Son mulas.
—Deben ser las cargas.
La última frase sacándome de la indecisión en que estaba, me hizo incorporar, ponerme de pie, echar la visual en dirección á los objetos que ocasionaban la contradicción y llamar á Camilo Arias, que tiene la vista de un lince, haciéndole una indicación con la mano:
—¿Á ver qué es aquello?
Camilo fijó en el horizonte sus brillantes ojos, cuya mirada hiere como un dardo, y después de un instante de reflexión, con su aplomo habitual y su aire de profunda certidumbre, me contestó:
—Son las cargas, señor.
—¿Estás cierto?