Mientras estábamos en esa conversación, mi Coronel, uno de los indios descargó una mula, y llegaron unas chinas con unas pavas, las llenaron bien, echaron bastante azúcar, tabaco y papel en un poncho y se fueron.

Wenchenao nos dijo entonces:

—Bueno, amigo, siguiendo camino no más, pero dando camisa, pañuelo, calzoncillo.

Y hasta que no le dimos algo de eso, no nos quitaron las lanzas del pecho, ni nos dejaron pasar.

—Pues has hecho buena hazaña—le dije.—¿Conque tres hombres se han dejado saquear por unos cuantos indios rotosos?

—¿Y qué habíamos de hacer, mi Coronel?—contestó,—que por hacer pata ancha, nos hubieran quitado todo.

—Tienes razón—le dije;—retírate.

Dió media vuelta, hizo la venia y se alejó.

Aprovechando la presencia de Villarreal y de los otros indios, simulé el mayor enojo é indignación; me levanté de la rueda del fogón; paseándome de arriba abajo exclamaba á cada rato:

—¡Pícaros! ¡ladrones!—rellenando estas palabras con imprecaciones por el estilo de ésta: ¡Ojalá me hagan algo á mí, para que se los lleve el diablo!