Para mis adentros exclamé: ¡Si se acabarán algún día los cumplidos!
Caniupán me dijo: Ese comisión grande viniendo á topar.
—Bueno—le contesté, y señalándole á la izquierda, preguntéle:
—¿Qué es aquello?
El indio fijó sus ojos en el espacio, recorrió rápidamente el horizonte y luego me contestó:
—Boleando guanacos.
Efectivamente, la nube que por tanto tiempo había preocupado nuestra atención, estaba ya casi encima de nosotros envolviendo en sus entrañas una masa enorme de guanacos que estrechada poco á poco por los boleadores, venía á llevarnos por delante.
—¡Cuidado con las tropillas!—grité, y haciendo alto las rodeamos porque la masa de guanacos podía arrebatarlas.
La tierra se estremecía como cuando la sacude el trueno, oíanse alaridos en todas direcciones, sentíase un ruido sordo... la masa enorme de guanacos rompiendo la resistencia del aire pasó como un torbellino, dejándonos envueltos en tinieblas de arena. Detrás pasaron los indios reboleando las boleadoras, convergiendo todos hacia el mismo punto, que parecía ser una planicie que quedaba á nuestra derecha.