Cuando aquel aluvión de cuadrúpedos desfiló y disipándose las tinieblas de arena, se hizo la luz, volvimos á ponernos al galope.

Según lo había calculado Mora, los polvos últimos que se avistaron eran otro parlamento que venía.

Esta vez no fué un indio el que se destacó de él; destacáronse tres.

Al verles Caniupán destacó otros tres.

Cruzáronse éstos á cierta altura con los otros, hablaron no sé qué y ambos grupos prosiguieron su camino.

Llegaron á nosotros los tres que venían, y después que hablaron con Caniupán, díjome éste:

—Formando gente, hermano, ese comisión.

Hice alto, di mis órdenes y formamos en batalla cubriéndome la retaguardia los indios de Caniupán.

Púsose éste á mi lado derecho y por indicación suya coloqué los dos franciscanos á mi izquierda. Mora se puso detrás de mí.

Una vez formados nos pusimos al galope. Galopamos un rato, y cuando la comisión que venía se dibujó claramente sobre una pequeña eminencia del terreno, como á unos dos mil metros de nosotros, Caniupán me dijo: