Que cómo me había ido de viaje (2.ª razón).
Que si no había perdido algunos caballos (3.ª razón).
Que cómo estaba yo y todos mis jefes, oficiales y soldados (4.ª razón).
Á estas cuatro razones, yo contesté con otras cuatro.
Pero como el orador de Mariano hizo las suyas sesenta razones, el mío hizo lo mismo con las mías.
Después que estos interesantes saludos pasaron, tuve que dar la mano á todos. Eran unos ochenta; entre ellos habían muchos cristianos.
Á cada apretón de manos, á cada abrazo, me aturdían los oídos con hurras y vítores.
Con los abrazos y los apretones de mano cesaron los alaridos.
Mezcláronse los indios que habían venido con los de Caniupán, y formando un solo grupo y marchando todos en orden, proseguimos nuestro camino, avistando á poco andar otros polvos.