—Ese, otro comisión—me dijo Caniupán, señalándomelos.

—Me alegro mucho—le contesté, diciendo interiormente:—á este paso no llegaremos en todo el día á Leubucó.

Subíamos á la falda de un medanito, y Mora me dijo:

—Allí es Leubucó.

Miré en la dirección que me indicaba, y distinguí confusamente á la orilla de un bosque los aduares del cacique general de las tribus ranquelinas, las tolderías de Mariano Rosas.

Los polvos se acercaban velozmente. Llegó un indio; habló con Caniupán y éste destacó otro. Después llegaron tres y Caniupán destacó igual número. En seguida llegaron seis y Caniupán destacó seis también.

Así recibiendo y despachando mensajes y mensajeros, ganábamos terreno rápidamente, de modo que no tardamos en avistar la nueva serie de embajadores en cuyas garras íbamos á caer.

Caniupán me dijo:

—Ese comisión, lindo, grandote.

—Ya veo que es linda—le contesté.