Á las cinco de la tarde todo estaba listo, y mi gente recibió orden de entregar sus armas, excepto el sable, que sin vaina debía ser colocado entre las caronas. Mis ayudantes y yo llevábamos revolvers y una escopeta. Por más grande que fuese mi deseo de presentarme ante los indígenas sin aparato, ni ostentación, no pude resolverme á hacerlo completamente desarmado. Podía llegar el caso de tener que perder la vida, y era menester ir preparado á venderla cara. Hay una idea á la que el hombre no se resigna sino cuando es santo,—y es á morir sacrificado con la mansedumbre de un cordero.

Entregadas las armas hice arrimar las tropillas y las mulas; formé cuatro pelotones de la gente, dile á cada uno una tropilla, dejando otra de reserva; mandé ensillar y aparejar, y á la media hora, cuando el sol del último día de marzo se perdía radiante en el lejano horizonte, puse pie en el estribo.

Varios jefes y oficiales habían ensillado para acompañarme hasta cierta distancia.

Salí del fuerte entre las salutaciones cariñosas, y las sonrisas amables expresivas de los soldados, dejando á todos inquietos, particularmente á Achauentrú que, al subir á caballo, vino á darme un abrazo, ó hacerme su retahila de recomendaciones, y á repetirme por la milésima vez, que no dejara de adelantar un chasque anunciando mi ida.

El Camino del Cuero pasa por el mismo fuerte Sarmiento que le ha robado su nombre al antiguo y conocido Paso de las Arganas.

Este camino consiste en una gran rastrillada, y su rumbo es Sudeste, ó lo que en lenguaje comprensivo de los paisanos de Córdoba llamamos Sudabajo.

Ellos tienen un modo peculiar de dominar ciertas cosas y sólo en la práctica se comprende la ventaja de la substitución.

Al Oeste le llaman arriba. Al Este, abajo. Estos dos vocablos substituidos á los vientos cardinales, permiten expresarse con más facilidad y más claridad, en razón de la similitud de las palabras Este y Oeste y de su composición vocal.

Un ejemplo lo demostrará.