XXIII
Épocas buenas y malas.—En qué cosas cree el autor.—La cadena del mundo moral.—¿Será cierto que los padres saben más que los hijos?—El capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai, Camargo.—Dilaciones.
Con la última parada se me quemaron los libros. Es verdad que hace mucho tiempo que en mis cálculos entra todo, menos lo principal.
El hombre suele tener épocas de graves errores, de imperdonables desaciertos y tristes equivocaciones.
Como todo el que se ha lanzado sin preparación en la corriente de la vida lo sabe, hay años buenos y malos, meses propicios y fatales, días color de rosa, días negros como el hollín de una chimenea.
Años, meses y días en que á todo acertamos, en que nuestro espíritu parece tener su geometría, en que todo nos halaga y nos sonríe.
Y, á la inversa, años, meses y días en que todo nos sale al revés.
Si amamos, nos olvidan; si vamos á la guerra, nos hieren ó nos postergan; si somos candidatos al parlamento, nos derrotan; si jugamos, perdemos; si tomamos comidas con aceite, se nos indigestan; si compramos billetes de lotería, ni cerca le andamos á la suerte; finalmente, hay temporadas aciagas en que ni por chiripa andamos bien. Ó, como dicen los andaluces, temporadas en que nuestro estado normal, es andar en la mala.
Esto debe consistir en algo.
Yo he pensado mucho en la justicia de Dios, con motivo de ciertos percances propios y ajenos, pues un hombre discreto debe estudiar el mundo y sus vicisitudes, en cabeza propia y en cabeza ajena.