Mariano Rosas estaba formado en ala, frente á mí, como á unos cincuenta pasos. Á su izquierda tenía á Epumer, su hermano mayor, su general en campaña. Por un voto solemne, aquél no se mueve jamás de su tierra, no puede invadir, ni salir á tierra de cristianos. Después de Epumer, seguían los capitanejos Relmo, Cayupán, otros más, y entre éstos Melideo, que quiere decir cuatro ratones, de meli, cuatro, y deo, ratón.
Es costumbre entre los ranqueles ponerse nombres así, y nótese que digo nombres, no apodos ni sobrenombres. El uno se llama como dejo dicho,—el otro se llamará «cuatro ojos», éste «cuero de tigre», aquél «cabeza de buey», y así.
En seguida de los capitanejos, ocupaban sus puestos varios indios de importancia, luego algunas chusmas y por fin algunos cristianos de la gente de un titulado coronel Ayala que fué de Saa, extraviado político, pero que no es mal hombre, que me trató siempre con cariño y consideración.
Estos cristianos estaba armados de fusil y carabina, que no brillaban por cierto de limpios, y eran los que con gran apuro y dificultad hacían las salvas en honor mío. Ayala los dirigía. El padre Burela, que, como se sabe, había llegado de Mendoza dos días antes que yo, con un cargamento de bebidas y otras menudencias para el rescate de cautivos, también andaba por allí, ocupando un puesto preferente. Jorge Macías, condiscípulo mío en la escuela del respetable y querido señor don Juan A. de la Peña, cautivo hacía dos años, andaba el pobre como bola sin manija.
La morada de Mariano Rosas, consistía en unos cuantos toldos diseminados y en unos cuantos ranchos, construidos por la gente de Ayala, en un corral y varios palenques.
Leubucó es una laguna sin interés,—quiere decir agua que corre, leubú corre y de có agua. Queda en un descampado á orilla de una ceja de monte, en una quebrada de médanos bajos. Los alrededores de aquel paraje son tristísimos, es lo más yermo y estéril de cuanto he visto; una soledad ideal.
De Leubucó, arrancan caminos, grandes rastrilladas por todas partes. Allí es la estación central. Salen caminos para las tolderías de Ramón que quedan en los montes de Carrilobo; para las tolderías de Baigorrita, situadas á la orilla de los montes de Quenque; para las tolderías de Calfucurá en Salinas Grandes; para la Cordillera, y para las tribus araucanas.
Yo he recogido, á fuerza de maña y disimulo, muchos datos á este último respecto, que algún día no lejano, publicaré, para que el país los utilice. Y digo con maña y disimulo, porque entre los indios, nada hay más inconveniente para un extraño, para un hombre sospechoso, como debía serlo y lo era yo, que preguntar ciertas cosas, manifestar curiosidad de conocer las distancias, la situación de los lugares á donde jamás han llegado los cristianos, todo lo cual se procura mantener rodeado del misterio más completo. Un indio no sabe nunca dónde queda el Chalileo, por ejemplo; qué distancia hay de Leubucó á Wada. La mayor indiscreción que puede cometer un cristiano asilado es decirlo.
Me acuerdo que en el Río 4.º, queriendo yo tener algunos datos sobre la población de los Ranqueles, le hice cierto número de preguntas á Linconao, que tanto me quería, delante de Achauentrú. Como aquél contestara bastante satisfactoriamente, éste, con tono airado, le amenazó diciéndole en araucano: que cuando regresase á Tierra Adentro, le diría á Mariano Rosas que era «un traidor que había estado hablando esas cosas conmigo,—y dirigiéndose á los demás indios circunstantes, añadió: ustedes son testigos».
Yo, qué había de entender; lo supe por mi lenguaraz. Mora, me lo dijo en voz baja, rogándome que no lo comprometiera y que no continuara el interrogatorio, que suspendí; quedando poco más enterado que antes.