Gracias á Dios.—Empieza el ceremonial.—Apretones de mano y abrazos.—De cómo casi hube de reventar.—Por algo me había de hacer célebre yo.—¿Qué más podían hacer los bárbaros?

Mucho me había costado llegar á Leubucó y asentar mi planta en los umbrales de la morada de Mariano Rosas.

Pero ya estaba allí, sano y salvo, sin más pérdidas que dos caballos, sin más percances que el susto á inmediaciones de Aillancó, á consecuencia de la extraña y fantástica recepción del cacique Ramón.

Haber pretendido otra cosa habría sido querer cruzar el mar sin vientos ni olas; andar en las calles de Buenos Aires en verano sin polvo, en invierno sin lodo, lavarse la cara sin mojársela: ó como dice el refrán, comer huevos sin romper cáscaras.

Me parece que tenía por qué conceptuarme afortunado, ó en términos más cristianos, por qué darle gracias al que todo lo puede, como en efecto lo hice, exclamando interiormente: ¡Loado sea Dios!

Con el caballo de la brida, esperaba indicaciones para adelantarme á saludar á Mariano Rosas, pasando en revista los personajes que tenía al frente, aunque afectando una gran indiferencia por cuanto me rodeaba.

Todos los bárbaros son iguales, ni les gusta confesar que no han visto antes ciertas cosas, cuando éstas llaman su atención, ni que los que penetran sus guaridas, hallen raro lo que en ellas ven.

En el Río 4.º yo me solía divertir, mostrándoles á los indios un reloj de sobremesa, que tenía despertador, un barómetro, una aguja de marear óptica, un teodolito y un anteojo.

Miraban y miraban con intensa ojeada los objetos, y como quien dice, eso no llama tanto como usted cree mi atención, me decían: «Allá en Tierra Adentro mucho lindo teniendo».

Un indio, que debía ser algo, como paje del cacique, habló con Mariano Rosas, y en seguida con Caniupán, mi inseparable compañero.