Pero cuando ese cualquiera llega á pesar nueve arrobas, tanto como Melideo; pero cuando hay que repetir la misma operación muscular y pulmonar ochenta ó cien veces, el ejercicio es grave, y puede darle á uno títulos suficientes para ocupar algún día en el mausoleo de la posteridad un lugar preferente entre los gladiadores ó luchadores del siglo XIX.

Por algo me había de hacer célebre yo, aunque las olas del tiempo se tragan tantas reputaciones.

Espero, sin embargo, que en esta tierra fecunda no faltará un bardo apasionado, que cual otro don Alonso de Ercilla, cante: No las damas, no amor, no gentilezas,—si no las loncoteadas de un pobre coronel y sus franciscanos.

Asuntos más pobres y menos interesantes he visto cantados en estos últimos tiempos por la lira de trovadores, cuyos nombres no pasarán á remotos siglos, pero que son poetas, según el diccionario de la lengua, en una de sus varias acepciones que en este momento se me ocurre: «Cualquier titulado vate, bardo, trovador, sin méritos para ello; cualquiera que versifica siquiera lo haga contra la voluntad de Dios y falseando las leyes del Parnaso».

Los franciscanos no fueron obligados más que á dar la mano; lo mismo mis oficiales; lo propio mis asistentes.

Muy cerca de una hora tardamos en abrazos, salutaciones y demás actos de cortesanía indiana.

Con el último indio que yo saludé, abracé y cargué gritando lo más fuerte que mis gastados pulmones me lo permitieron: ¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!! se oyeron los postreros hurras y vítores de la multitud, que no tardó en desparramarse montando la mayor parte á caballo, entregándose á los regocijos ecuestres de la tierra, como carreras, rayadas, pechadas y piruetas de toda clase, por fin.

Yo estaba orgulloso, contento de mí mismo, como si hubiera puesto una pica en Flandes, no sólo por la energía y fortaleza de que había dado pruebas incontestables y señaladas, sino porque ciertas frases que oía vagar por la atmósfera hacían llegar hasta mi conciencia el convencimiento de que aquellos bárbaros admiraban por primera vez en el hombre culto y civilizado, en el cristiano representado por mí, la potencia física, dote natural que ellos ejercitan tanto y que tanto envidian y respetan.

De vez en cuando llegaban á mis oídos estos ecos: «Ese Coronel Mansilla muy toro; ese Coronel Mansilla cargando; ese Coronel Mansilla lindo».