Y esto diciendo, un sinnúmero de curiosos se acercaban á mí, hasta estrecharme y no dejarme mover del sitio. Mirábanme de arriba abajo, la cara, el cuerpo, la ropa, el puñal de oro y plata que llevaba en el costado, mostrando su cabo cincelado, las botas granaderas, la cadena del reloj y los perendengues que pendían de ella; todo, todo cuanto llamaba por su hechura ó color la atención. Y después de mirarme bien, me decían alargándome la mano:

—Ese coronel, dando la mano, amigo. Y no sólo me daban la mano, sino que me abrazaban y me besaban, con sus bocas sucias, babosas, alcohólicas, pintadas.

Idénticas demostraciones hacían con los oficiales, con los asistentes y con los franciscanos. Varias chinas y mujeres blancas cristianizadas, por no decir cristianas, se acercaban á éstos, se arrodillaban, y tomándoles los cordones les decían: «La bendición, mi Padre». De veras, aquel recogimiento, aquel respeto primitivo me enterneció. ¡Qué cosa tan grande es la religión, cómo consuela, conforta y eleva el espíritu!

Los franciscanos dieron algunas bendiciones, y á poca costa hicieron felices á unas cuantas ovejas descarriadas ó arrebatadas á la grey.

El contento era general, ¡qué digo! ¡universal!

Nadie, y eso que había muchísima gente achumada, nos faltó al respeto en lo más mínimo. Al contrario, caciques y capitanejos, indios de importancia y chusma, cristianos asilados y cautivos, todos, todos nos trataban con la más completa finura araucana.

Francamente, nos indemnizaban con réditos de los malos ratos, hambrunas, detenciones é impertinencias del camino.

¿Qué más podían hacer aquellos bárbaros, sino lo que hacían?

¿Les hemos enseñado algo nosotros, que revele la disposición generosa, humanitaria, cristiana de los gobiernos que rigen los destinos sociales? Nos roban, nos cautivan, nos incendian las poblaciones, es cierto. ¿Pero qué han de hacer, si no tienen hábitos de trabajo? ¿Los primeros albores de la humanidad presentan acaso otro cuadro? ¿Qué era Roma un día? Una gavilla de bandoleros, rapaces, sanguinarios, crueles, traidores.

¿Y entonces, qué tiene que decir nuestra decantada civilización?