Es un hombre como de cuarenta años, bajo, gordo, bastante blanco y rosado, ñato, de labios gruesos y pómulos protuberantes, lujoso en el vestir, que parece tener sangre cristiana en las venas, que ha muerto á varios indios con sus propias manos, entre ellos á un hermano por parte de madre, que es generoso y desprendido, manso estando bueno de la cabeza, que no estándolo le pega una puñalada al más pintado.
Con este nene tenía que habérmelas yo.
Llevaba un gran facón con vaina de plata cruzado por delante, y me miraba por debajo del ala de un rico sombrero de paja de Guayaquil, adornado con una ancha cinta encarnada, pintada de flores blancas.
Yo llevaba un puñal con vaina y cabo de oro y plata, sombrero gacho de castor, y alta ala, no le quitaba los ojos al orgulloso indio, mirándole fijamente cuando me dirigía á él.
Bebíamos todos.
No se oía otra cosa que ¡yapaí, hermano! ¡yapaí, hermano!
Mariano Rosas no aceptaba ninguna invitación, decía estar enfermo, y parecía estarlo.
Atendía á todos, haciendo llenar las botellas cuando se agotaban; amonestaba á unos, despedía á otros cuando me incomodaban mucho con sus impertinencias; me pedía disculpas á cada paso; en dos palabras, hacía, á su modo, y según lo usos de su tierra, perfectamente bien los honores de su casa.
Epumer no había simpatizado conmigo, y á medida que se iba caldeando, sus pullas iban siendo más directas y agudas.
Mariano Rosas lo había notado, y se interponía constantemente entre su hermano y yo, terciando en la conversación.