Yo le buscaba la vuelta al indio y no podía encontrársela.

Á todo lo hallaba taimado y reacio.

Llegó á contestarme con tanta grosería que Mariano tuvo que pedirme lo disculpara, haciéndome notar el estado de su cabeza.

Y sin embargo, á cada paso me decía:

—Coronel Mansilla, ¡yapaí!

—Epumer, ¡yapaí!—le contestaba yo.

Y llenábamos con vino de Mendoza los cuernos y los apurábamos.

Mis oficiales se habían visto obligados á abandonar la enramada, so pena de quedar tendidos, tantos eran los yapaí.

Los indios, caldeados ya, apuraban las botellas, bebían sin método; ¡vino! ¡vino! pedían para rematarse, como ellos dicen, y Mariano hacía traer más vino, y unos caían y otros se levantaban, y unos gritaban y otros callaban, y unos reían y otros lloraban, y unos venían y me abrazaban y me besaban, y otros me amenazaban en su lengua, diciéndome winca engañando.

Yo me dejaba manosear y besar, acariciar en la forma que querían, empujaba hasta darlo en tierra al que se sobrepasaba demasiado, y como el vino iba haciendo su efecto, estaba dispuesto á todo. Pero con bastante calma para decirme: