—Gracias, hermano—me contestó, dándome un abrazo que casi me reventó.

Vi brillar los ojos de Mariano Rosas, como cuando el relámpago de la envidia hiere el corazón.

Tomé mi lindo puñal, y dándoselo, le dije:

—Tome, hermano, usted úselo en mi nombre.

Lo recibió con agrado, me dió la mano y me lo agradeció.

Mandé traer mi lazo que era una obra maestra y se lo regalé á Relmo.

Ya estaba en vena de dar hasta la camisa.

Mandé traer mis boleadoras, que eran de marfil con abrazaderas de plata, y se las regalé á Melideo.

Mandé traer mis dos revólveres y se los regalé á los hijos de Mariano.

Llevaba tres sombreros de los mejores, llevaba medias, pañuelos, camisas, regalé cuanto tenía.