Todos los días, tarde y mañana, tenía que caminarlos. Luego, el viejo y yo éramos alegres y no perdíamos bailecito. Me quería mucho y siempre me buscaba para que le acompañara; así es que yo era quien lo disculpaba y lo componía con mi madre lo que se peleaban.

De ese modo lo pasábamos y, aunque éramos pobres, vivíamos contentos, porque jamás nos faltaban buenos reales con que comprar los vicios y ropa. Caballos, ¡para qué hablar! Siempre teníamos superiores.

En la casa donde mi madre estaba acomodada, había una niña muy donosita, que yo veía siempre que iba por allí de paso, á hablar con la vieja.

Como los dos éramos muchachos, lo que nos veíamos nos reíamos. Yo al principio creí que era juguete de la niña; pero después vi que me quería y la empecé á hacerle el amor, hasta que mi madre lo supo, y me dijo que no volviera más por allí.

Le obedecí, y me puse á visitar otra muchacha, hija de un paisano amigo de mi familia, que tenía algunos animales y muchas prendas de plata, como que era hombre de unas manos tan baqueanas para el naipe, que de cualquiera parte le sacaba á uno la carta que él quería. Era peine como él solo. Nadie le ganaba al monte, ni al truco, ni á la primera.

La hija de la patrona de mi madre se llamaba Dolores; la otra se llamaba Regina. Ésta era buena muchacha; ¡pero de ánde como aquélla!

No me acuerdo bien cuánto tiempo pasaría; debió pasar así como medio año.

Un día mi madre volvió á descubrir que yo seguía en coloquios con la Dolores, siempre que podía, y se me enojó mucho, y aunque ya era hombrecito me amenazó.

Yo me reía de sus amenazas y seguí cortejando á Dolores y á la Regina; porque las dos me gustaban y me querían.