Ya usted sabe, mi Coronel, lo que es el hombre, cuantas ve, cuantas quiere, ¡y las mujeres que necesitan poco!

Yo no me acuerdo ni de lo que hice, ni de lo que contesté entonces. Pero probablemente aprobé el dicho de Miguelito y suspiré.

Miguelito prosiguió.

Otro día, mi padre y mi madre me dijeron, que el padre de Regina les había dicho que si ellos querían nos casaríamos; que él me habilitaría. Que qué me parecía.

Les contesté que no tenía ganas de casarme. Mi madre se puso furiosa, y el viejo, que nunca se enojaba conmigo, también. Mi madre me dijo, que ella sabía por qué era; que me había de costar caro, por no escuchar sus consejos, que cómo me imaginaba que la Dolores podía ser mi mujer, que al contrario, en cuanto la familia maliciara algo me echaría de veterano; porque eran ricos y muy amigos del Juez y del Comandante militar.

Yo no escuchaba consejos, ni tenía miedo á nada y seguía mis amores con la Dolores, aunque sin conseguir que me diera el sí.

Mi madre estaba triste, decía que alguna desgracia nos iba á suceder; ya la habían despedido de casa de la Dolores y de todo me echaba la culpa á mí.

De repente lo pusieron preso á mi padre, y lo largaron después; en seguida me pusieron preso á mí, nada más que porque les dió la gana, lo mismo que á mi padre. Usted ya sabe, mi Coronel, lo que es ser pobre y andar mal con los que gobiernan.

Pero me largaron también; y al largarme me dijo el teniente de la partida, que ya sabía que había andado maleando.